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Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo romance Capítulo 23

Andruw Di´Marco.

La respuesta de Melissa no llegó. En su lugar el silencio se apoderó del despacho, denso, interrumpido solo por el leve tic tac de las agujas del reloj cuando avanzaban.

El rostro de Melissa perdió todo el color en el instante en que entendió que iba a enfrentarse a mi furia. Sentí el impulso de apretar aún más mi agarre sobre su cuello, donde podía sentir el pulso acelerado golpeando contra la palma de mi mano.

Ni siquiera pudo sostenerme la mirada y cuando se atrevió a mirarme a los ojos, tan solo una fracción de segundo, su cuerpo tembló, entendiendo al fin que de mi furia no había manera de escapar.

— Andruw… ¿estás loco?... me… me estás lastimando — dijo, y su voz fue un susurro entrecortado mientras sus uñas se enterraron en mi antebrazo en un intento inútil de escapar de mi agarre.

No me moví ni un milímetro. La presione aún más contra la madera de la puerta. Sus ojos se cristalizaron mientras se anclaban a los míos.

— ¿De verdad creíste que podías molestar a Scarlett y yo me quedaría de brazos cruzados? Que ilusa — Cuando hablé, mi voz bajo a un nivel que sabía la haría temblar, luego esbocé una sonrisa ladina. De esas que prometían peligro. —. Tienes exactamente diez segundos para explicarme como carajos supiste de ella, antes de que olvide que alguna vez te quise.

Ella tragó con dificultad justo antes de abrir la boca como si por fin fuera a brindarme una respuesta. Las palabras se atoraron en su garganta y en lugar de una confesión comenzaron a brotar las lágrimas.

Lágrimas que en el pasado me hubiese roto el corazón, pero que ahora solo lograban incrementar mi furia.

— Andruw por favor… me lastimas… yo solo quería… quería que se alejara — sollozó y yo solo sentí el monstruo de mi ira despertar con más fuerza.

— ¿Por favor? — mi voz estuvo cargada de burla mientras me inclinaba ligeramente hacia ella. Mi rostro quedando a un palmo del suyo — ¿de verdad te atreves a rogar por misericordia? ¿a ti acaso te importo lastimar a Scarlett? ¿A mi hijo? ¿tú te tentaste el corazón cuando enviaste a un sicario a atacarlos?

Melissa hizo un esfuerzo sobrehumano para sostenerme la mirada. Sus manos sujetando las mías como si eso fuera suficiente para impedir que tomara la decisión de partirle el cuello.

— No… no tengo ni idea de lo que estás hablando — respondió con dificultad — ¡yo solo quería que esa niñita pensara que estabas casado y se alejara! ¡yo no mande ningún sicario!

No le creí. ¿Cómo podía hacerlo? Si lo único que ella había hecho en los últimos años era demostrarme que no era más que una maldita víbora venenosa. Y si de algo estaba seguro, es que ella de alguna forma u otra había abierto la puerta para que el caos entrara a la vida de Scarlett.

Ella le había hablado de un “nosotros” que ya no existía.

Ella le había hecho pensar que solo quería quitarle a nuestro hijo.

— No — pronunció en un susurro lastimero que solo la hacía ver patética — tú me amas… tu eres mio… me perteneces… yo soy…

— La única mujer a la que quiero pertenecerle se llama Scarlett Valenti — le corté, mientas, con un movimiento fluido, tomaba mi arma de la cintura trasera de mi pantalón. Melissa sollozó aterrada cuando presioné el metal helado del cañón sobre su frente — escúchame bien Melissa… la próxima vez que sepa que siquiera te atreviste a respirar el mismo aire que Scarlett o que mi hijo, te daré un balazo entre las cejas y me va a importar una m****a si esta tu familia o todo el maldito ejército. Deja de meterte en mi camino.

Le dedique una última mirada de desprecio antes de soltarla. Ella cayó al suelo, aparentemente incapaz de sostenerse. Se llevó una de sus manos al cuello, comenzando a masajearse mientras jadeaba por aire.

— Eres un monstruo — acuso, mirándome desde su posición en el suelo. Yo me agache junto a ella apartando, con el cañón de mi arma, los mechones de cabello que ahora caían sobre su rostro.

— Cariño. No tienes ni idea de lo monstruoso que puedo llegar a ser cuando se meten con lo que es mio — esboce una sonrisa que debió ser aterradora, porque ella se encogió en su lugar, mientras yo enderezaba mi postura, guardaba el arma de nuevo en mi cintura y acomodaba los puños de mi camisa con mi característica arrogancia — estas advertida Melissa. La próxima vez que te atravieses en mi camino no seré tan benevolente como ahora.

Ni siquiera me tome la molestia de mirarla mientras pasaba por su lado. Su miserable existencia ya no merecía ni un segundo más de mi atención.

Abandoné el despacho, sin importarme lo que dejaba atrás. Porque en este momento lo único que me importaba me esperaba en casa: mi mujer, mi hijo y la promesa de un futuro que por primera vez realmente valía la pena anhelar.

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