Scarlett Valenti
El mundo pareció detenerse, por un segundo…
Solo un segundo. Quizás menos. El tiempo justo para que mis pulmones olvidaran cómo respirar y mi corazón se contrajera con una fuerza casi dolorosa.
Liam estaba inquieto en mis brazos. Se retorcía, lloraba, hacía pucheros y pegando sus manitas a mi pecho como si presintiera que algo iba mal, muy mal. O quizás era mi propia incomodidad lo que lo alteraba. Esa sensación de que el suelo se movía bajo mis pies sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Ahora, después de que Andruw hubiera desaparecido por quién sabe cuánto tiempo, ahora estaba allí.
De pie.
En el umbral de la puerta. Luciendo como un dios que había escapado del Olimpo, robándome el aliento.
El torso desnudo, todavía ligeramente húmedo, con gotas de agua que resbalaban por sus hombros y se perdían en las líneas de sus abdominales. El cabello oscuro, revuelto, cayendo sobre su frente. La toalla colgando de su hombro como un accesorio que en él se veía peligrosamente sexy.
Tragué saliva.
Mis ojos recorrieron su cuerpo sin permiso, guiados por un instinto que no sabía que podía poseer. Las curvas de sus músculos perfectamente definidos. La forma en que la luz de la lámpara dibujaba sombras en su piel.
«Mierda»
Desvié la mirada. Mis mejillas ardían, y no era solo por la vergüenza. Mi corazón, terco, había comenzado a latir desenfrenado y ahora parecía negarse a encontrar la calma. Los latidos retumbaban en mis oídos, en mi garganta, en cada rincón de mi ser. Y no quería descubrir si era solo vergüenza o algo mucho más complejo que aún no me atrevía a nombrar.
La respiración de Liam se volvió más agitada, como si él también sintiera la tensión en el aire.
— ¿Está bien? — la voz de Andruw rompió el silencio. Profunda. Ronca. — ¿Se siente mal? ¿Necesitan algo?
La preocupación en su tono me desarmó.
Por un segundo, quizás dos, me quedé mirándolo embobada. Como si fuera la primera vez que lo veía. Como si algo en mi cerebro hubiera decidido que era el momento de memorizar cada detalle de su rostro, pero la ilusión duro poco.
Sentí mis ojos cristalizarse. Mientras sentía como algo muy diferente a la fascinación de hace un momento se abría paso por mi pecho: la desesperación. Por lo lograr calmar a Liam, por no lograr entender a que se debía ese llanto desgarrador que me rompía el alma.
— No lo sé — respondí por fin, mi voz más pequeña de lo que pretendía —. No logro que pare de llorar y…
Callé. Agaché la cabeza, clavando la mirada en los pies descalzos de Andruw sobre la alfombra. La vergüenza inundándome con demasiada rapidez, entendiendo que si él estaba aquí era porque el llanto de Liam lo había perturbado.
— Perdón si su llanto no te deja dormir… Él no es así… Usualmente es un niño tranquilo y…
Las palabras murieron en mis labios, porque, de forma inesperada, sentí el calor de su mano en mi mejilla dejándome paralizada. Ni siquiera sabía en qué momento se había acercado tanto como para lograr tocarme. Su tacto fue suave, delicado, como si temía que su cercanía pudiera romperme. Con una delicadeza que jamás creí que él pudiera poseer, me hizo levantar la mirada.
Mis ojos se anclaron a los suyos de inmediato, haciéndome sentir perdida en un abismo del cual no sabría si algún día lograría escapar.
No dijo nada. Al menos no al principio, solo me miró por lo que pareció una eternidad… una en la que creía que había olvidado como respirar.
— No debes disculparte — su voz fue un susurro, tan cerca que pude sentir su aliento chocando contra mi piel, erizándola —. Ven. Te ayudo a dormirlo. Quizás simplemente está estresado por tantos cambios tan repentinos.
La voz en mi cabeza no era un susurro. Era una sentencia.
Porque en ese momento lo entendí. Con la claridad de quien mira un precipicio y sabe que va a saltar… entendí que, sea lo que sea que estaba sintiendo… ya no hay vuelta atrás.
No cuando lo miro y el mundo se detiene.
No cuando sus caricias en la mejilla me queman la piel.
No cuando lo veo sostener a nuestro hijo como si fuera lo más preciado que tiene.
Y no cuando mi corazón, ese estúpido y terco corazón, late solo por él.
Andruw levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron.
Y en el silencio de la habitación, con Liam durmiendo por fin en sus brazos, supe que él también lo sabía.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pero algo había cambiado entre nosotros.
Algo que ningún contrato podría entender.

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