Andruw Di´Marco.
El silencio se instaló entre nosotros, denso, pero no incómodo. Scarlett seguía allí, de pie, como si no supiera muy bien qué hacer con sus manos, con su mirada, con la cercanía que el destino había orquestado.
Yo tampoco lo sabía.
Liam dormía por fin en mis brazos. Su respiración era pausada, tranquila, una melodía suave que se alzaba y caía al ritmo de su pequeño pecho. Sus pestañas negras descansaban sobre sus mejillas sonrosadas, y su boquita permanecía ligeramente entreabierta, como si incluso en sueños estuviera a punto de sonreír.
Era perfecto.
Y Scarlett… Scarlett se había movido sin que yo la viera. Ahora estaba sentada en la mecedora que habían colocado junto a la ventana. Sus brazos cruzados sobre el regazo, su cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. No me miraba a mí. Miraba a Liam. Pero su mirada era tan intensa que parecía estar grabando cada detalle en su memoria.
Permanecí donde estaba, meciéndolo con suavidad, dejando que el tiempo pasara. No quería romper la burbuja. No quería que este momento terminara.
Hasta que, finalmente, Liam soltó un suspiro profundo, se acurrucó un poco más contra mi pecho, y se hundió en un sueño del que parecía no querer despertar.
Scarlett se levantó entonces.
Sus movimientos eran lentos, casi tímidos. Como si temiera que cualquier ruido, cualquier gesto brusco, pudiera quebrar la magia del instante. Cruzó la habitación con pasos cuidadosos hasta detenerse a mi lado.
Su mano se posó sobre mi brazo. Un roce casual, casi involuntario. Pero sentí su calor a través de la piel, como una chispa que amenazaba con encenderse.
— Al fin se durmió — susurró, su voz apenas audible.
Sus ojos estaban fijos en Liam. En la forma en que descansaba sobre mi pecho.
Sonreí. Apenas. Lo justo para que la curva de mis labios existiera.
— Parece que sí.
Nuestras miradas se encontraron. Y el mundo, otra vez, se detuvo.
Sus ojos verdes brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. Había algo en ellos que no sabía descifrar. Miedo. Esperanza. Deseo. Quizás las tres cosas al mismo tiempo. Mis propios ojos, lo sabía, debían reflejar lo mismo. Ese magnetismo que no podíamos controlar, esa fuerza que nos empujaba el uno hacia el otro como imanes.
Ella fue la primera en desviar la mirada.
Sus mejillas se tiñeron de un rojo que la delataba. Y yo, maldita sea, no pude evitar que una sonrisa arrogante naciera en mis labios. Saber que la afectaba, que mi sola presencia la hacía temblar, era un poder que me gustaba poseer.
— Deberíamos… — murmuró, señalando la cuna con un gesto tímido.
— Por supuesto — respondí, antes de que pudiera terminar la frase.
Me moví con cuidado, sintiendo el peso diminuto de mi hijo contra mi pecho. Me incliné sobre la cuna y lo deposité con la suavidad de quien maneja un tesoro invaluable. Liam ni siquiera se inmutó. Sus manitas se movieron ligeramente, sus labios hicieron un gesto de succión, y luego volvió a la calma.
Perfecto. Cómodo. En su hogar.
Scarlett y yo nos quedamos allí, de pie, hombro con hombro, observando a nuestro hijo dormir. Nadie hablaba. Nadie necesitaba hacerlo. La ternura del momento era suficiente.
Dejé que mi mano viajara hasta la cabeza de Liam, dejando una caricia suave.
— Es tan hermoso — murmuró Scarlett, su voz cargada de una emoción que no podía ocultar.
— Es nuestro — respondí, sin apartar la mirada del bebé —. Y eso lo hace perfecto.
No fue arrogancia. No esta vez. Era la verdad cruda, desnuda, que salía de lo más profundo de mi ser. Ese niño era todo lo que alguna vez había deseado tener. Un sueño que creía imposible. Una segunda oportunidad que la vida me había concedido sin que yo la mereciera.
Scarlett solo me observó. Lo sentía. El peso de su mirada sobre mi nuca, sobre mi perfil. Cuando levanté la vista, la encontré mirándome con una fascinación que me desarmó. Como si estuviera viendo a un hombre completamente diferente al que conocía.
Y entonces, como si la realidad la hubiera golpeado, desvió la mirada. Avergonzada. Sonrojada. Hermosa.
No pude evitar sonreír.
— ¿Nerviosa? — pregunté, mi tono adoptando ese deje arrogante que tanto parecía afectarla.
— ¡Por supuesto que no! — respondió, cruzándose de brazos con un gesto que pretendía ser firme, pero que solo la hacía ver más adorable.
Soltó una risita. Yo la imité.
— Está bien, está bien. Te creo — mentí. Ella lo sabía. Yo lo sabía. Pero el juego era parte de esto. De nosotros.
El silencio regresó, pero esta vez fue diferente. Más ligero. Lleno de una complicidad que jamás creía que podía poseer.
— ¿Ya cenaste? — pregunté, rompiendo esa tensión que parecía haberse instalado entre nosotros.
Scarlett negó con la cabeza. Un gesto suave, casi inexistente.
— Bien — dije, antes de que pudiera protestar —. Entonces cena conmigo.
Pero no lo hice.
Porque ella no me lo permitió.
Porque no sabía.
Porque la vida, maldita sea, a veces es una perra cruel.
Respiré profundo. Forcé a la bestia dentro de mí a aquietarse. Extendí mi mano hacia ella y, con una delicadeza que no sabía que podía poseer, le aparté un mechón de cabello que caía sobre su rostro. Mis dedos rozaron la piel de su mejilla. El contacto fue breve, apenas un susurro.
— La próxima vez — dije, casi sin pensar —. Permíteme estar ahí para ti.
La frase escapó de mis labios antes de que mi cerebro pudiera procesarla. Y cuando lo hizo, cuando entendí lo que acababa de decir, algo se paralizó dentro de mí.
«La próxima vez»
¿De verdad quería que hubiera una próxima vez?
¿Quería que Scarlett volviera a pasar por un embarazo? ¿Quería verla crecer, sentirse mal, sufrir? ¿O lo que realmente quería era ser parte de su vida? ¿Ser parte de todo?
La pregunta se instaló en mi cabeza con la fuerza de un latigazo.
«¿Quieres que Scarlett sea la madre de tus hijos?»
No solo de Liam. De mis hijos. En plural.
Porque si había una próxima vez, no sería un accidente. Sería una decisión. Una elección consciente de querer formar una familia con ella. De querer que ella fuera la mujer a mi lado. De querer que mis hijos llevaran su sangre y la mía.
El pensamiento era tan aterrador como deseable.
Scarlett me miró, sus ojos verdes brillando con una luz que no sabía interpretar. Su boca se abrió para decir algo, pero las palabras parecían haberse atorado en su garganta.
Yo tampoco dije nada más.
Solo la observé. Y en el silencio de la sala de estar, rodeados por el aroma a comida tailandesa, entendí que mi vida, a partir de ahora, estaría dividida en dos: antes de Scarlett, y después de ella.
Y el "después" apenas acababa de comenzar.

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