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Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo romance Capítulo 9

Andruw Di´Marco.

La observé firmar el contrato con una firmeza que me sorprendió.

Cerró la carpeta y me la extendió con un movimiento brusco. Sus ojos verdes se oscurecieron ligeramente a causa de la rabia contenida.

— ¿Necesita algo más? — preguntó, su tono de voz más firme de lo que había sido hasta ahora.

— No. Puedes marcharte cuando quieras — respondí, aparentando una indiferencia que realmente no sentía.

— Pero… Liam puede irse conmigo ¿verdad? — preguntó, y por un instante la vulnerabilidad regresó a su mirada.

— Por supuesto — respondí, dándole la espalda mientras guardaba la carpeta de la cómoda de donde la había sacado — cámbiate y espérame con el bebé en la habitación de juegos. Los llevare a casa.

Scarlett asintió con un suave movimiento de cabeza. Dándose media vuelta y dirigiéndose a la entrada de la sala. Claramente estaba desesperada por reencontrarse con nuestro bebé. Noté cuando se detuvo en el umbral, apretando los puños a los costados de su cuerpo como si luchara contra la impotencia de no saber hacia dónde dirigir sus pasos.

Sonreí. Negando con la cabeza, antes de alcanzarla.

— Te llevo — ofrecí, colocando una de mis manos en la parte baja de su espalda en un gesto casual. Ella me observó unos segundos y por un instante creí que me pediría que me alejara. No lo hizo. Simplemente bajo la mirada y permitió que la guiara hacia las escaleras.

Subimos en completo silencio. Ni siquiera me dirigió una mirada cuando nos detuvimos frente a la puerta abierta de la habitación, simplemente entró y tomó a Liam entre sus brazos, aferrándose a él como si fuera su única ancla en medio de un mar embravecido.

Permanecí allí, de pie. Observándola.

La forma en que ella aspiraba su aroma, como depositaba besos en su coronilla. El amor que brillaba en su mirada.

Y fue inevitable que una calidez desconocida naciera en mi pecho, extendiéndose por mi ser. Verlos así, era como ver una ilusión que hace mucho tiempo creí nunca se haría realidad.

10 años.

10 años de intentos con Melissa.

10 años de pruebas negativas. De culpas. De dudas. De cuestionarme si yo era el problema.

Y ahora aquí estaba Scarlett. Con mi hijo en brazos. Calmando un mar de incertidumbre y miedos que ella no causo, pero que, con el simple hecho de decidir conservar esa vida que creamos juntos, estaba comenzando a sanar.

Donde Melissa había sido un cumulo de mentiras y engaños. Scarlett era la promesa de un futuro cargado de esperanza.

Definitivamente la vida tenía un sentido del humor muy jodido.

Respiré profundo. Deseando sepultar los amargos recuerdos que me había dejado la traición de mi ex esposa. Deseando, aunque fuera por un instante, dejar de luchar con mis demonios.

Los observé un segundo más. Como si, de forma inconsciente, deseara grabar ese momento como algo sagrado en mi memoria, pero no podía seguir viéndolos sin recordar todo lo que Melissa me había robado.

Así que respiré profundo, reconstruí mi máscara de frialdad y me obligué a apartar la mirada. Si seguía allí un instante más, haría o diría algo de lo que podría arrepentirme.

Me di la vuelta, alejándome de la habitación, antes de que Scarlett pudiera ver algo que no debía.

Por fin nos detuvimos frente a la vivienda de Scarlett, era un pequeño departamento ubicado sobre una librería vieja. Desde el auto pude notar como la anciana que atendía la librería clavaba su mirada en nosotros.

— Gracias por traernos — dijo Scarlett, bajando del auto sin siquiera esperar que Harold o yo nos moviéramos para abrirle la puerta.

Enseguida me apresure a bajar, siguiendo sus pasos. Con ese gesto arrogante que me caracterizaba acomode mi traje en el segundo en que sentí todas las miradas posarse sobre mí. Los jóvenes apostados en la esquina murmuraban mientras nos observaban. En los edificios cercanos los vecinos observaban de manera indiscreta desde las ventanas.

— Estas causando un alboroto — murmuró Scarlett, avergonzada y sonrojada hasta las orejas — todos nos están observando.

Sonreí, mientras rodeaba el auto y cortaba la distancia entre nosotros.

— Entonces démosle un buen espectáculo — sin previo aviso, posé una de mis manos sobre su mejilla, tres de mis dedos se anclaron detrás de su oreja y, antes de que ella pudiera reaccionar, mis labios se posaron sobre los suyos. Un jadeo ahogado, que fue devorado por mi boca, escapo de su garganta. La sentí estremecerse cuando mi lengua encontró la suya, sumergiéndonos en un beso intenso que pareció durar una eternidad.

Cuando por fin nos separamos, sus ojos estaban brillantes, sus mejillas más sonrojadas que nunca y su respiración se había vuelto irregular.

— Vengo por ti mañana. No me extrañes demasiado — le guiñé el ojo un ojo de forma descarada y antes de que pudiera pronunciar palabra alguna abordé el auto.

Ella quedo de pie allí, observando el auto por unos segundos, hasta que Harold toco la bocina haciéndola regresar a la realidad. Nos pusimos en marcha una vez que ella ingreso a su hogar.

— ¿Ahora a donde, señor? — indagó mi chofer. Yo respiré profundo antes de responder:

— A la empresa de mi primo. Llego la hora de enfrentarnos a la realidad.

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