Vanessa esperaba afuera del quirófano, consumida por la angustia. Sentía como si algo se hubiera roto dentro de ella; estaba entumecida, incapaz siquiera de sentir dolor.
Al poco rato, la familia Cisneros llegó al hospital. Édgar venía sosteniendo a Antonio, que se plantó frente a ella. Al ver lo pálida que estaba, se sintió culpable.
—Vanessa, lo de esta noche... nuestra familia te falló —dijo Antonio, y golpeó el bastón contra el suelo con fuerza—. Voy a interrogar a Rafael hasta el último detalle y te voy a dar una explicación.
Vanessa siempre sintió un respeto inmenso por Antonio. Lo de esa noche no era culpa de él.
Lo miró con ojos vacíos, su voz le salió ronca:
—Abuelo Antonio, mi abuelo va a estar bien, ¿verdad?
—Sí, claro que sí —se apresuró a responder él.
Vanessa asintió apenas y murmuró un leve “sí”, pero su mirada seguía teñida de una tristeza infinita.
—Yo también creo que va a estar bien.
Así como estaba, parecía no tener vida. Como si algo se le hubiera quebrado por dentro y las emociones se le hubieran apagado. A Antonio le dolía el alma verla así; hubiera preferido que llorara, que gritara, cualquier cosa antes que esa calma hueca que no dejaba a nadie tranquilo.
Vanessa volvió a girar la cabeza hacia la puerta de urgencias y dijo en voz baja:
—Abuelo Antonio, ya es muy tarde. Tu salud es lo primero, ve a descansar.
—Vanessa... —Édgar se alarmó y no pudo evitar llamarla.
Esa actitud era demasiado extraña.
Vanessa no le hizo caso.
—Si quieres llorar, llora. No te contengas —dijo Antonio con la voz entrecortada.
Vanessa bajó la mirada. Su expresión era de una frialdad y una calma aterradoras.
—Quiero quedarme aquí a esperar a que mi abuelo salga. Váyanse ustedes primero.
Antonio entendió: los estaba echando. Lo de esa noche había sido un exceso imperdonable por parte de toda la familia Cisneros. Le habían fallado otra vez.

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