Capítulo 391
En estos dos últimos días, Rafael había adelgazado visiblemente, estaba de mal humor y apenas comía.
Juana no soportaba verlo así y le insistió:
-Señor, coma algo. Le preparé un caldo, es ligero, tome un poco.
Rafael tenía la mirada apagada; soltó un murmullo de asentimiento y fue a sentarse.
Juana se alegró y enseguida le puso el caldo delante.
En la mesa había varios platos más. Entre ellos, había un par de platillos que solían ser de los favoritos de Vanessa, incluida esta sopa.
Rafael, inexpresivo, tomó unos sorbos del caldo y luego un bocado del pescado. Tenía el ceño apretado y se movía con lentitud, ausente.
Juana suspiró.
-Señor, ya dice el refrán que las peleas de pareja se arreglan en la habitación. ¿Por qué no le da un detalle cariñoso a la señora? Seguro que vuelve.
¿Detalle?
El reloj que él le había regalado ella lo había tirado al suelo.
El anillo y la pulsera que le dio el abuelo aquel día se los devolvió, sin dudarlo.
Él lo sabía: le había partido el corazón.
Aunque le transfiriera la mansión a nombre de ella, no volvería a vivir ahí, porque era el lugar donde habían vivido juntos.
En ese momento, se escuchó un alboroto desde la entrada principal.
-¡Déjenme pasar! ¡Ustedes sí que son impertinentes, atreverse a cerrarme el paso!
Era Camila, prepotente e indignada gritaba en el vestíbulo:
-¡Rafa, soy yo! Sal, no te escondas de mí... ¡Rafa!
¡Sal a verme!
Juana quedó pasmada. ¿Cómo era posible que una mujer se presentara así en la casa?
¿Acaso el señor...?
De pronto, los cubiertos cayeron con fuerza sobre la mesa. Rafael se puso de pie con su figura esbelta y
salió sin demora.
-Rafa, por fin aceptas verme.
Camila, bloqueada en la puerta por el personal de seguridad, vio salir a Rafael y se le iluminó la cara de emoción.
-Rafa, sé que estás enojado. Puedes gritarme, puedes incluso pegarme, pero no me dejes sin verte.
Rafael hizo una seña y el personal se retiró.

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