Lo que Vanessa le contó a su abuelo era casi increíble para él. Después de confirmar varias veces, su abuelo soltó una carcajada todavía más animada que la de antes.
—Qué bueno, qué alegría que ya te casaste. ¿Vas a traerlo para que cene conmigo?
Vanessa aceptó con dulzura:
—Claro que sí.
Al colgar, la puerta de la recámara se abrió.
Rafael entró a la habitación y caminó hacia ella con pasos largos y firmes.
Tenía un porte elegante y distinguido, con facciones marcadas y una mirada profunda; era un hombre muy guapo.
A Vanessa se le detuvo el corazón por un instante. Levantó la mirada para verlo y dijo:
—Ya regresaste.
Rafael emitió un sonido de afirmación.
—Acabamos de casarnos, así que vine para acompañarte a cenar.
Vanessa sintió una calidez.
—Gracias.
Antes, cuando era novia de Alexis, a veces acordaban una cena y él la dejaba esperando horas en el restaurante.
Luego se enteraba de que se había ido porque Natalia le había hablado.
Si Natalia estornudaba, Alexis se ponía tan nervioso que la llevaba al hospital.
Vanessa siempre era la que él dejaba plantada.
Y si ella se molestaba, él todavía se quejaba diciendo que era una exagerada y que siempre buscaba pleitos por estupideces.
Vanessa alejó esos recuerdos.
Cerró su computadora, la dejó sobre el sofá junto a la ventana y se levantó con una sonrisita.
—No tienes que esforzarte por venir a acompañarme, no pasa nada.
Al final, este era un matrimonio repentino donde cada quien obtenía lo que necesitaba.
—Tengo que acompañarte.
Rafael la miró fijamente y añadió en tono suave:
—Ya te dije, lo que yo quiero es un matrimonio para compartir la vida y dormir juntos.
Vanessa sintió un ligero alivio, pero no quiso hacerse ilusiones. Sabía que Rafael siempre había sido alguien maduro y centrado, no es que estuviera siendo especial con ella. Así que solo asintió.
—Está bien, voy a lavarme las manos y bajo contigo a cenar.
Caminó hacia el baño.
Rafael la siguió con la mirada; mientras la veía alejarse, sus ojos se volvieron más intensos.
***
En el comedor del primer piso, ambos se sentaron frente a frente en la mesa cuadrada bajo una luz tenue.
Él era apuesto y ella muy guapa; juntos formaban una imagen muy acogedora.
En la mesa estaban servidas varias de las comidas favoritas de Vanessa.
No imaginaba que tuvieran los mismos gustos.
Ella se sentó derecha y empezó a comer con tranquilidad.
De pronto, Rafael tomó una de las costillitas bien doraditas y la puso en el plato de ella.
—Son tus favoritas, come más.
Vanessa levantó la mirada confundida.
—¿Cómo sabes que me gustan?
—Saberlo no es difícil.
Rafael la miró a los ojos con esa mirada profunda y dijo con naturalidad:
—Somos esposos, voy a poner atención para conocerte mejor.
Esas palabras hicieron que a Vanessa se le hiciera un nudo en la garganta.
De hecho, si alguien quiere conocer a otra persona, siempre hay maneras.
Hasta el día de hoy, Alexis no se había aprendido qué le gustaba comer o beber.
Ella era alérgica al mango, pero una vez Alexis le compró un smoothie de mango porque era el que le encantaba a Natalia.
—Rafael... —Vanessa dijo con un tono un poco quebrado.
—Dime —respondió él con suavidad.
Vanessa lo observó fijamente por un momento y se armó de valor para preguntar:
—¿Qué no te caía mal? ¿Por qué me tratas tan bien?
“¿Que me caía mal?”
“Así que eso era lo que ella pensaba”.
La intensidad en los ojos de Rafael se suavizó y mostró una sonrisa misteriosa.
—¿No es lo normal que un esposo trate bien a su mujer?
Vanessa no obtuvo la respuesta que buscaba y pensó en dejar el tema, pero entonces escuchó a Rafael decir con ironía:
—Además, antes eras demasiado tonta y eso desesperaba a cualquiera.
Vanessa se quedó callada.
“Mejor no hubiera preguntado”.
—No es eso, sí quiero.
Solo entonces Rafael se relajó un poco. Extendió su mano izquierda; sus dedos eran largos y fuertes.
—Entonces, le pido a mi esposa el favor de ponerme el mío.
Vanessa pensó que era lo justo. Con cuidado, tomó el anillo de hombre y se lo puso con movimientos suaves.
Sus dedos eran delicados y el roce de su piel con la de él volvió el ambiente muy íntimo.
De pronto, Rafael la tomó de la cintura, la atrajo hacia él y la miró fijamente.
—Y ahora, ¿no deberíamos hacer lo que a una pareja le corresponde?
Al escucharlo, el corazón de Vanessa se aceleró todavía más y su mente se quedó en blanco por un segundo.
Después de un momento, logró recuperar el habla:
—¿Qué... qué cosa?
Rafael levantó la mano y acarició con el pulgar la suave cara de ella. Sus ojos brillaban con deseo.
—¿No me digas que nunca has estado con un hombre?
Se inclinó para besarla, pero estaba tan nerviosa que su cuerpo se tensó y echó la cabeza hacia atrás.
Al sentir su rechazo, el brillo en los ojos de Rafael se apagó y la soltó.
—No te preocupes, te daré tu espacio.
Vanessa se quedó pasmada.
“¿Significa que no va a tocarme si yo no quiero?”
Por alguna razón, sentía que Rafael, que antes parecía alguien serio e imponente, ahora se portaba tierno.
Vanessa no entendía por qué, pero se sintió mal por lo de hace un momento y bajó la mirada.
—Perdón, es que todavía no estoy lista.
Rafael sonrió apenas y le acarició el cabello con suavidad.
—¿Pides perdón por algo tan simple? Ya te dije que te daré tiempo, pero no me hagas esperar demasiado.
Por un instante, Vanessa se sintió consentida, algo que jamás había vivido con Alexis.
Después de un rato, asintió con obediencia. Entonces recordó lo importante.
—Por cierto, mi abuelo quiere conocerte. ¿Podrías acompañarme a verlo?
—Claro, pero...
Rafael se inclinó hacia su oído y le dijo con una voz muy atractiva:
—¿Me das un beso, esposa?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Arquitecto De Mi Refugio