Bianca sintió que alguien la observaba desde atrás y se puso incómoda. Se volvió y recorrió el lugar con la mirada, pero no encontró a nadie.
Todo había ocurrido un segundo antes de que Bianca volteara. Sergio ignoró a Leonardo y regresó a su lugar en el salón privado. El ruido era tal que Verónica no escuchó lo que dijeron fuera del salón privado; solo notó que ambos actuaban de forma extraña.
—¿Qué miraban hace un momento? ¿A alguna mujer hermosa?
Leonardo esbozó una sonrisa fingida.
—Así es, estábamos mirando a unas mujeres hermosas. Todas son más bonitas que tú.
Verónica le dio una patada en la pantorrilla.
—Repítelo.
Su expresión se volvió seria y amenazante. Rafael seguía sentado con aire elegante y las piernas cruzadas. Observó la escena de reojo sin decir nada. Sergio alzó una ceja poblada, se inclinó hacia delante y bebió de la copa que tenía sobre la mesa. También guardó silencio.
¿Esos eran sus amigos?
Leonardo se frotó la pantorrilla y la miró con resentimiento.
—¡Qué mano tan pesada tienes!
—Usé el pie —corrigió Verónica con sequedad.
Con el paso de los años, los cuatro se hicieron muy cercanos, aunque Verónica y Leonardo seguían discutiendo a cada rato.
Se llevaban como perros y gatos. Leonardo bromeaba tanto que más de una vez ella terminaba golpeándolo. Leonardo le tenía miedo. Después de la patada, hizo una mueca de dolor, pero no se atrevió a protestar. Las mujeres solteras no daban miedo.
Las solteras entregadas de lleno a su carrera, en cambio, sí. Cuando una de ellas perdía los estribos, trataba a quien tuviera enfrente como a un rival y podía dejarlo tendido en cuestión de minutos.
Rafael bebió dos copas y miró el reloj.
—Yo ya tuve suficiente. Me voy; ustedes sigan.
Terminó lo que quedaba en su copa y la dejó sobre la mesa.
Leonardo lo miró sorprendido.
—¿Tan temprano?
Apenas eran las once.
La noche apenas comenzaba y él ya se iba.

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