Rodrigo respondió:
“Mañana al mediodía. Comemos y hablamos”.
Vanessa pensó que lo mejor era resolver el asunto cuanto antes y aceptó sin dudar. Apenas salió del estudio, escuchó que se abría la puerta.
La luz del recibidor se encendió.
Vanessa fue al recibidor y vio a Rafael quitándose los zapatos. Llevaba el saco del traje colgado de un brazo y la corbata floja sobre la camisa blanca. Con su porte alto y esbelto, Rafael tenía un aura desenfadada y rebelde.
Aquella luz realzaba tanto sus facciones que era difícil dejar de mirarlo.
—¿Por qué saliste?
La pregunta de Rafael hizo que Vanessa volviera en sí. Al alzar la mirada, Vanessa descubrió que Rafael ya estaba frente a ella. Percibió un tenue olor a alcohol mezclado con el aroma habitual de Rafael.
—Acabo de revisar unos documentos. Salí al escuchar ruido. —Vanessa dio un paso hacia él y Rafael la atrajo contra su pecho con naturalidad.
Rafael bajó la cabeza, le besó la frente y murmuró con voz ronca:
—Creí que mi esposa había salido a esperarme.
El gesto enterneció a Vanessa. Adoraba sentirse así, levantó la cara y le sonrió.
—Claro que también te esperaba. Sabía que habías bebido. ¿Te sientes mal?
La voz dulce de Vanessa tranquilizó a Rafael. Bajó la mirada y le tomó la cara entre las manos. Tenía los ojos enrojecidos por el alcohol, y su mirada delataba cuánto la amaba.
—Mi esposa me trata demasiado bien. No sé qué hice para merecerlo.
Vanessa lo abrazó por la cintura. Dejó que Rafael le sostuviera la cara y sonrió con ternura.
—Así que sí sabes que te trato bien. Entonces tendrás que tratarme bien y no volver a hacer nada que me decepcione. Aunque lo hagas por mi bien, si con eso me haces sufrir, no estará bien. ¿Entendido?
Vanessa no sabía si la había entendido o si estaba tan borracho que no la había oído bien.
Rafael asintió sin pensarlo y la miró con firmeza.
—Está bien. Haré todo lo que diga mi esposa.

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