—Rafael, ¿dónde estás...?
Vanessa llegó a la zona envuelta en una densa humareda y recogió aquel saco. En cuanto recogió el saco, un agente la apartó.
—Señorita, salga de aquí, por favor. Esta es la escena del crimen y necesitamos recabar pruebas. No puede acercarse nadie ajeno a la investigación.
—¿Quién murió en la explosión? —preguntó Vanessa, desesperada, después de volverse y tomar al agente de la mano; tenía los ojos enrojecidos por el llanto.
—Todavía no hemos identificado a la víctima. Tenemos que analizar los restos para confirmar quién es.
—¿Y qué hay de los heridos? Al menos deben saber si son hombres o mujeres y si ya los identificaron, ¿no?
Vanessa no pudo evitar que le temblara la voz. Las lágrimas le corrían por las mejillas y aún tenía el corazón en la garganta.
—Hay tres heridos: dos hombres y una mujer. Ahora, salga y no interrumpa nuestro trabajo.
A Vanessa se le cerró la garganta y un zumbido le llenó los oídos. ¿Los heridos eran dos hombres y una mujer? Por instinto, pensó en Rafael y Ricardo: no encontraba otra explicación para no poder comunicarse con ninguno de los dos.
Pero la posibilidad de que fueran Rafael y Ricardo estuvo a punto de destrozarla. Sentía que la arrastraban al fondo del mar y el agua le impedía respirar. No dejaba de recordar todos los momentos que había vivido con Rafael.
A los dieciocho años, Rafael siempre buscaba llevarle la contraria. Parecía detestarla y hasta le hacía bromas pesadas. Además, era sarcástico y cruel. A Vanessa le parecía insoportable. Por entonces, Vanessa lo detestaba. Incluso se preguntaba cómo podía existir alguien tan insoportable.
Más tarde, Rafael se fue al extranjero y pasaron tres años sin verse. Vanessa creyó que Rafael ya no volvería a amargarle la vida.
Sin embargo, tres años después, Alexis la dejó plantada el día en que habían acordado casarse por lo civil. Rafael regresó e incluso le pidió que se casara con él.

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