La vida de Estefanía Navas se había vuelto sencilla, metódica y plena.
Básicamente, consistía en ir a clases y a rehabilitación. Los fines de semana, después de su terapia, iba a casa de su tía para acompañar a su abuela.
Los días pasaban volando y, en un abrir y cerrar de ojos, llegó el invierno.
A mediados de diciembre, la universidad dio inicio a las vacaciones de Navidad.
Con dos semanas y media de descanso, casi todos los estudiantes se habían ido del campus, pero Estefanía, debido a su rehabilitación diaria, se quedó en la ciudad en lugar de ir a casa de su tía.
El primer día de vacaciones se preparó un desayuno simple y saludable. Al terminar, se puso una gruesa chamarra de plumas y se fue directo a la clínica.
Apenas entró, escuchó una voz grave de hombre que la llamaba en español.
—¡La pequeña bailarina!
Era uno de los pacientes de la clínica, un hombre del Estado Soberano de San Mateo de unos cincuenta y tantos años llamado Roberto.
El doctor decía que el hombre padecía una enfermedad rara e incurable. Para decirlo sin rodeos, su vida era una cuenta regresiva; en cualquier momento en que la muerte se acordara de él, se lo llevaría.
No venía a la clínica para curarse, sino con la esperanza de aliviar un poco su dolor.
Pero el doctor Álvarez decía que en realidad podía tomar analgésicos. Sin embargo, siendo un hombre del Estado Soberano de San Mateo, con el alma de su tierra en los huesos, ver una clínica abierta por compatriotas era más bien una forma de encontrar consuelo para su nostalgia.
El hombre siempre la llamaba «la pequeña bailarina» con un tono muy familiar. A veces les traía pequeños regalos al personal médico, como una flor o una caja de galletas.
Y siempre había algo para Estefanía.
Porque, en los últimos meses, los únicos que se presentaban en la clínica todos los días eran ellos dos.
—Somos los socios honorarios de la clínica —bromeaba don Roberto.
Ese día, Estefanía también les había llevado un regalo a todos: un pay de manzana que había horneado la noche anterior, una receta que había aprendido de Noel Roldán.
Al hombre le encantaban los dulces, y se comió dos rebanadas él solo.
La vida era así de tranquila; tan tranquila que hasta la galleta más insignificante o una persona que apenas conocías podían parecer encantadoras.
***
De camino a casa, empezó a nevar.
Estefanía no tomó transporte; prefirió caminar lentamente.
La nieve se fue haciendo más densa, cubriéndola por completo.
Al llegar a casa, encontró en la puerta una pila de cajas con las guirnaldas de acebo, campanas y otros adornos que había comprado por internet.
Era hora de empezar a decorar para Navidad.
Metió las cosas en casa, desenvolvió los paquetes al calor de la calefacción y se preparó un almuerzo sencillo con una taza de café. Encendió la chimenea y se sentó en la alfombra afelpada que había delante, con música de fondo. En ese momento, sintió la más pura y absoluta felicidad.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...