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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 440

Por suerte, Estefanía también había llevado regalos y le dio uno a cada persona de la clínica.

Cuando Estefanía estaba por entrar al consultorio para su sesión de acupuntura, Roberto se despidió de ella en voz alta. Vestido de rojo y con su saco vacío, se fue, no sin antes saludar a Noel y desearle una feliz Navidad.

Estefanía sintió que algo faltaba en esa escena. De repente, recordó que el señor que siempre acompañaba a Roberto no había venido hoy. Quizá también se había tomado el día libre por Navidad.

***

Normalmente, el exterior de la clínica estaba lleno de carros, porque los pacientes iban y venían sin cesar. Hoy, por ser Navidad, había mucha menos gente, pero todavía quedaban algunos vehículos estacionados a lo largo de la calle.

Roberto subió al asiento del copiloto de uno de ellos.

En el asiento del conductor había un hombre sentado. Tenía una expresión gélida y miraba al frente, sin reaccionar cuando Roberto subió.

Roberto sonrió.

—La vi venir con su novio. El muchacho es guapo, buena persona y muy atento con ella. Ya no tienes ninguna oportunidad.

La cara del conductor se encendió de furia.

Roberto se rio.

—¿Estás enojado? Enojarte no sirve de nada.

El hombre apretó la mandíbula.

—¿Y tú estás muy orgulloso?

—¿Orgulloso de qué? —Roberto soltó un par de risitas—. Como hijo mío, ¿hay algo en ti que me haga sentir orgulloso?

—Y como padre, ¿tú qué has hecho? —replicó el hombre con resentimiento.

—Claro que he hecho algo —dijo Roberto, sonriendo—. Te heredé mis genes. ¡Así como me maldecías a mí antes, ahora maldícete a ti mismo!

El hombre se quedó paralizado.

—¡Ay, hijo! —suspiró Roberto—. Al final, seguiste mi mismo camino y te convertiste en otro yo.

—Hijo, si sigues por este camino, tu final podría ser incluso peor que el mío —dijo Roberto—. Mira, yo al menos tengo un hijo que se haga cargo de mi cuerpo cuando muera. Tú, en cambio, no tendrás nada.

—¡Cállate! —le espetó el hombre.

Roberto sonrió.

—Ok, no digo más. Entonces, ¿qué piensas hacer? ¿Quedarte aquí de guardia todo el día?

Él guardó silencio.

—Ok, pues quédate de guardia. Yo voy a dormir un rato, estoy cansado. —Roberto reclinó su asiento y cerró los ojos.

El hombre en el asiento del conductor se giró bruscamente para mirarlo. Él le hizo un gesto con la mano.

—Tranquilo, todavía no me he muerto.

***

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