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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 185

Marisa se quedó pasmada.

—¿Vamos a bañarnos juntos?

Rubén frunció un poco el ceño, como si la pregunta no tuviera sentido.

—¿Te parece raro? Somos esposos, ¿qué tiene de malo bañarnos juntos?

Aunque él lo decía con naturalidad, Marisa no podía evitar sentir cierta incomodidad. Había algo en la situación que le resultaba extraño, una sensación de timidez que la hacía dudar.

Se levantó del borde de la cama y, con pasos lentos, se dirigió hacia el baño. Rubén, impaciente, tomó su mano y la llevó rápidamente hasta la bañera.

Marisa se detuvo rígida junto a la bañera. El agua ya estaba lista y cubierta de pétalos de rosa; un suave aroma a plantas frescas subió hasta su nariz, envolviéndola con delicadeza.

Rubén la observó de arriba abajo, detallando cada aspecto de su apariencia. Ella todavía llevaba la ropa que había usado durante el día: una simple camiseta y unos jeans oscuros. Parecía una estudiante que acababa de terminar el examen de ingreso universitario: inocente, con esa chispa de juventud en los ojos.

Rubén no pudo evitar pensar que Marisa se veía increíblemente atractiva así, con esa mezcla de inocencia y nerviosismo.

Con una sonrisa pícara, Rubén le dijo:

—¿Te gusta tanto esa ropa que no quieres quitártela?

Marisa bajó la mirada y notó que su camiseta estaba toda manchada de pintura, un desastre total. Temiendo que Rubén pensara mal, se apresuró a despojarse de la camiseta. Sin embargo, justo cuando iba a quitarse la prenda, se detuvo de golpe, indecisa, y lo miró.

Su expresión y su vacilación hicieron que a Rubén se le dibujara una sonrisa en los labios.

—¿No te quieres quitar esa ropa o lo que no quieres es desvestirte frente a mí?

Marisa negó con la cabeza.

—No es eso.

Rubén se acercó un poco más; la distancia entre los dos se acortó aún más, el ambiente se tensó.

—Entonces, ¿qué es?

Su voz era suave, casi un susurro, y eso provocó que el corazón de Marisa latiera con más fuerza. No era buena mintiendo frente a Rubén, así que soltó la verdad sin rodeos:

Rubén la tomó suavemente de la muñeca y la guió hasta la bañera. Marisa levantó el pie y entró despacio al agua. La temperatura era perfecta, envolviéndola en una sensación de comodidad y relajación.

Por un instante, Marisa deseó estar sola para disfrutar del baño, sin esa tensión que le apretaba el pecho. El corazón le latía tan fuerte que sentía cómo se agitaban hasta las ondas del agua.

Rubén se sentó al borde de la bañera, paciente, observándola.

—¿No íbamos a bañarnos juntos? —preguntó ella, con un toque de curiosidad y nerviosismo.

Rubén alzó una ceja, dejando ver una chispa traviesa en su mirada.

—¿Tan desesperada está la señora Olmo por bañarse conmigo?

Marisa giró el rostro, evitando responder. ¡Por favor! Prefería compartir el baño antes que dejar que él la bañara a su antojo.

Sin prisa, Rubén le tomó la cara entre las manos y la miró directamente a los ojos.

—¿Te golpeaste la rodilla? ¿Te duele? —preguntó, con voz suave y sincera.

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