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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 415

Después de todo, Sabrina y ella eran primas, y así como Sabrina la conocía bien, Marisa también sabía hasta dónde llegaba Sabrina.

Marisa aguantó el dolor punzante en el vientre y respiró hondo, tratando de mantenerse en pie.

—Señorita, si tienes algo que decirme, dímelo. Yo… siempre termino enterándome de todo, así que mejor háblame claro.

Sabrina frunció el ceño con fuerza, como si luchara internamente consigo misma.

Marisa insistió, su voz era suave pero firme:

—En vez de que yo ande buscando por mi cuenta, mejor dime tú lo que sabes. Sabes que yo aguanto lo que sea.

Y era cierto. Sabrina, más que nadie, lo sabía. Si Marisa había sido capaz de soportar lo que la familia Loredo le hizo en su momento, si pudo cargar sola con el peso de huir de aquel infierno, ¿por qué pensar que no resistiría enterarse de que Rubén y Margarita estaban juntos y que ambos llevaban varias horas sin dar señales de vida?

Sabrina soltó un suspiro largo, miró a Marisa con una seriedad que la envolvía por completo.

Ese tipo de mirada ya le había dado aviso a Marisa. Sabía que lo que estaba a punto de escuchar podía ser un golpe demasiado fuerte.

En ese instante, ya sentía un dolor que le apretaba el pecho, como si le hubieran echado sal en una herida que no quería cerrar.

Tuvo que concentrarse en su respiración para no venirse abajo.

Pasaron unos segundos antes de que Sabrina, con un tono serio y pesado, soltara la noticia:

—Marisa, cuando Fabiana te traía al hospital, intentó llamar a Rubén. Lo que consiguió fue esto: él se fue con Margarita, los dos solos, a Alicante por trabajo.

El semblante de Marisa se mantuvo más tranquilo de lo que cualquiera hubiera esperado, pero solo ella sabía el mar de emociones que se agitaba por dentro.

—¿Y luego?

Marisa comprendió las palabras de Sabrina. Le estaba diciendo, sin rodeos, que no esperara nada de Rubén, que dejara de idealizar el amor de un hombre.

Pero aun así, todo le parecía tan irreal... Como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Cerró los ojos de nuevo, sentía como si la hubieran drenado de toda su fuerza.

—Señorita, me siento muy cansada. Quiero dormir un poquito más.

Sabrina siguió sosteniendo su mano, con una suavidad que parecía temer romperla.

—Está bien, duerme otro rato. Ya casi amanece, cuando despiertes tu mamá vendrá a verte.

Mientras hablaba, levantó la otra mano para tocarle la frente a Marisa, y al hacerlo, se dio cuenta de que estaba ardiendo de fiebre...

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