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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 422

La puerta se cerró y, de pronto, el mundo volvió a quedar en silencio, solo Rubén y Marisa permanecían en la habitación.

Uno tenía los ojos enrojecidos, el otro los mantenía cerrados.

Desde donde Rubén estaba, podía ver a Marisa tendida en la cama del hospital, débil, con los labios pálidos, los párpados apenas abiertos y la respiración tan ligera que parecía desvanecerse en el aire.

Rubén avanzó despacio hacia la cama, arrastrando el dolor en cada paso.

El eco de sus pisadas se acercaba cada vez más, pero Marisa, lejos de abrir los ojos, los apretaba aún más fuerte.

En su expresión, se notaba un rastro de rechazo. Rechazaba, sin disimulo, la cercanía de Rubén.

Y, siendo tan perceptivo, él lo notó de inmediato.

Se detuvo por un momento, quedó inmóvil unos segundos y luego siguió hasta llegar junto a la cama.

Acercó una silla con cuidado, procurando no hacer ruido, y se sentó a su lado.

Durante todo ese trayecto —desde que entró a la habitación, se acercó a la cama y se sentó— Marisa no abrió los ojos ni una sola vez.

Afuera volvió a caer una llovizna y el viento, cortante, silbaba contra los cristales.

Ese día, la temperatura en Clarosol había descendido a un solo dígito.

Pero, a diferencia del exterior, en la habitación el calor seguía envolviéndolos.

Rubén acercó las manos a la boca y sopló sobre ellas para calentarlas antes de tomar con suavidad la mano de Marisa, que asomaba fuera de la sábana.

La piel clara de su mano carecía de color.

Marisa reaccionó levemente, pero no abrió los ojos.

Rubén, con voz casi inaudible, murmuró su nombre:

—Marisa, lo siento... Llegué tarde.

Marisa abrió los ojos despacio, giró el rostro y su mirada se encontró de frente con la de Rubén.

Intentó hablar, pero ni una palabra salió de sus labios.

¿Qué debía decir? ¿Preguntarle por qué desapareció la noche anterior? ¿Reprocharle por qué, ante una situación tan grave, había tardado tanto en llegar?

Pero ninguna pregunta logró salir.

Quizá, en el fondo, ya conocía las respuestas.

—Sé que esto que te digo suena difícil de creer, incluso parece una tontería, pero es la verdad, Marisa...

Al notar que su voz se había elevado, Rubén interrumpió lo que iba a decir.

Vio la indiferencia en el rostro de Marisa, respiró hondo y decidió contenerse.

Después, con un tono más sereno, agregó:

—Marisa, cuando te sientas un poco mejor, te lo contaré todo, ¿sí?

Marisa cerró los ojos despacio. No aceptó ni rechazó la propuesta, solo murmuró, débil:

—Estoy cansada, Rubén. Quiero dormir un rato.

Rubén asintió.

—Está bien, descansa. No te molesto.

Cuando Rubén ya iba a guardar silencio, Marisa volvió a girar el rostro hacia él y repitió:

—Rubén, quiero descansar de verdad.

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