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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 436

Penélope se quedó pasmada por un instante.

De repente, soltó una risa áspera, un sonido seco y fuera de lugar.

Las arrugas se le marcaron aún más en las comisuras de los ojos mientras reía.

A su edad, dejar de cuidarse siquiera un día la hacía lucir más desgastada de lo normal.

Esa cara tan demacrada, junto con la risa forzada que se empeñaba en mostrar, le daba un aire casi escalofriante.

—¿De verdad crees que con esto vas a engañarme? Yo, Penélope, he visto de todo en esta vida. Si piensas que semejante tontería va a confundirme, entonces sí que eres un niño mimado de la familia Olmo, criado entre algodones y protegido del mundo.

En ese momento, Penélope todavía imponía respeto.

Aunque la familia Loredo ya estaba por los suelos, Penélope había logrado, por su propio esfuerzo, arrastrar a su peor enemiga, Marisa, al mismo infierno que ella.

Para ella, eso ya era una victoria absoluta.

Rubén observó a Penélope sin mostrar emoción alguna.

Desde pequeño, había acompañado a Carlos en negociaciones de negocios, y nunca mostraba sus cartas antes de tiempo.

Si quería dar el golpe definitivo, tenía que ser certero y letal.

Se le dibujó una media sonrisa en los labios, una expresión difícil de leer.

Esa actitud hizo que incluso Penélope, tan curtida y acostumbrada a que nada la intimidara, sintiera un leve temblor en el pecho.

Fue ella quien rompió el silencio.

—Deja de hacerte el misterioso. Yo sí sé lo que es la vida, he pasado por más cosas de las que tú te imaginas. ¿De verdad crees que vas a asustarme? ¿Que me vas a destrozar la mente y a hacer que te ruegue que dejes en paz a Samuel? ¡Qué ingenuo eres!

Rubén seguía sin decir palabra; incluso desvió la mirada hacia Claudio.

—Claudio, léale el contenido de la sentencia. Ya está grande, no vaya a ser que no alcance a distinguir las letras.

La sonrisa en sus labios no se borró.

Miró de vuelta a Penélope.

—Esta es la sentencia definitiva, no hay apelación posible.

—¡Porquería de sentencia! ¿Crees que con esto me vas a asustar para que le pida perdón a Marisa? ¡Olvídalo! Eso jamás va a pasar.

La sonrisa de Rubén se amplió de repente.

Ahora sí, se rio.

Era como si hubiera escuchado el chiste más macabro de su vida.

Un par de segundos después, observó a Penélope, que todavía intentaba mantener su orgullo.

—¿Por qué iba a pedirte que le pidas perdón a Marisa? ¿De verdad piensas que soy ese niño mimado que necesita escuchar palabras bonitas para sentirse mejor? ¿Crees que busco justicia y reconciliación? Te equivocas conmigo. No necesito que le pidas perdón a Marisa. El que hizo mal solo tiene que enfrentar las consecuencias. Para pedirle perdón a Marisa… ni siquiera tienes derecho.

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