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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 439

—¿Entonces porque Marisa está mal, tú también tienes que ponerte mal? —Claudio no lograba entender la lógica de Rubén.

Rubén asintió con firmeza, sin vacilar.

Claudio soltó un suspiro resignado, incapaz de convencerlo. Solo pudo murmurar por lo bajo:

—De veras que eres terco, Rubén. ¡Terquísimo!

...

Marisa y Yolanda fueron trasladadas al hospital donde Rubén era socio. Todo estaba bajo control: Rubén se encargó de que unos médicos de confianza atendieran personalmente a ambas.

Las heridas de Marisa tardaron unos cuatro o cinco días en sanar lo suficiente como para que pudiera levantarse de la cama y caminar un poco. Hasta entonces, había tenido que quedarse en reposo absoluto.

Durante esos días, Yolanda y Sabrina se turnaron para cuidarla de cerca, sin dejarla sola ni un instante.

Aun así, Marisa, preocupada porque Yolanda se desgastara, insistió la noche anterior en que regresara a casa a descansar. De hecho, su plan era despachar también a Sabrina, pero Sabrina se negó rotundamente.

—Ni lo sueñes, Marisa. Además, el hospital está cerca de mi trabajo. Si me quedo aquí, hasta me ahorro el tráfico y llego más rápido a la oficina —le soltó Sabrina, con ese aire práctico que la caracterizaba.

Marisa, aunque al principio dudó, terminó aceptando la lógica de Sabrina.

Así que Sabrina se quedó con ella.

...

Era viernes. Aunque Sabrina no trabajaba ese día, se despertó muy temprano. La razón fue el alboroto del grupo de la empresa en su celular: desde la mañana, no dejaban de llegar mensajes, uno tras otro, —ding, ding, ding—, como si hubiera ocurrido una catástrofe.

El escándalo fue tanto que hasta Marisa, en la cama de al lado, se despertó.

Entre sueños, Marisa abrió los ojos y miró a Sabrina, que apenas se veía en la penumbra.

—Oye, ¿por qué no te vas a descansar a tu casa? Aquí me están cuidando, y además... soy la paciente, necesito dormir bien —le dijo con voz adormilada.

—¿Qué viste? ¿Por qué te quedaste muda? ¿Ahora sí te quedaste sin palabras? —insistió, esta vez con un poco de ansiedad.

Sabrina alzó lentamente la cabeza. Sus ojos, aún fijos en la pantalla, se encontraron con los de Marisa. El peso de la noticia se reflejaba en su expresión.

—Marisa... —susurró, con una voz tan apagada que ponía la piel de gallina.

Marisa frunció el ceño. En su cabeza ya comenzaba a dar vueltas la idea de que algo grave estaba pasando. Si Sabrina la miraba así, si la llamaba tan seria, seguramente tenía que ver con ella.

Había imaginado mil escenarios posibles.

Pero ni en el peor de sus pensamientos habría esperado algo así.

—Marisa, hoy es el día... hoy van a ejecutar a Samuel.

La noticia le cayó como un balde de agua helada. Al principio, Marisa se quedó pasmada, sin comprender del todo. Luego la duda apareció, pero, al final, sintió como si se le desatorara algo en el pecho. Por fin, después de tanto tiempo, esa angustia que la había estado acompañando empezó a disolverse.

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