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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 474

Claudio, con la excusa de que conocía a un médico especializado en tratar quemaduras, le pidió a Sabrina las fotos que Marisa le había mandado.

Tan pronto recibió las fotos, Claudio no perdió el tiempo y le marcó a Rubén.

—Te tengo una noticia fea —soltó Claudio, haciéndose del interesante.

Rubén estaba en lo más alto del edificio de Grupo Olmo, observando la zona más viva de la ciudad a través de esos ventanales enormes. Desde esa altura, todo parecía cubierto por una bruma ligera, como si la ciudad fuera apenas un reflejo en sus pensamientos.

Intuyendo, preguntó:

—¿Captaron alguna foto mía con el escándalo de Gonzalo? Ya me lo olía.

De hecho, ya había dado la orden al departamento de prensa para que manejara ese asunto.

Pero Claudio lo negó de inmediato:

—No, no, para nada. No es eso.

—Entonces, ¿qué otra desgracia me tienes?

Mientras preguntaba, Rubén encendió un cigarro. El humo se mezclaba con la vista nocturna, dándole al ambiente un aire pesado, casi irreal.

—Según los últimos reportes, la señora Olmo se quemó la mano. Le salió una ampolla enorme. Te juro que hasta a mí me dio cosa verla.

Rubén ahogó el cigarro recién prendido con un gesto seco. Frunció las cejas y preguntó con voz tensa:

—¿Qué tan grande es la ampolla?

Claudio, del otro lado, sonrió con picardía:

—Señor Olmo, tengo las fotos. Si las quiere, se las vendo más baratas, ¿qué le parece un millón de pesos?

—¿Ya te cansaste de vivir o qué? —Rubén disparó la pregunta, cortante.

Pero Claudio no se inmutó:

—Ay, es que últimamente ando gastando mucho en conquistar una chica, ¿no es normal? Tú dime, ¿las quieres o no?

Rubén soltó una bocanada de aire, resignado:

—Haré que mi asistente te haga la transferencia.

—¡Eso mero! Se las mando ya mismo, señor Olmo. Un gusto hacer negocios con usted.

Colgaron.

Rubén, sin perder un segundo, abrió el chat con Claudio y se quedó mirando fijo la pantalla, esperando que llegaran las fotos. Quería ser el primero en verlas.

Unos segundos después, la notificación apareció: fotos recibidas.

—Cristian, préstame atención. No hablo de mí, Marisa se quemó. ¿Conoces a algún buen doctor? Ella usa la mano para pintar, es muy importante, hay que cuidarla bien.

Esta vez, Cristian sí entendió y se recostó de nuevo, bromeando:

—Ya dilo, estás preocupado y punto. Si no fuera por eso, ¿te pondrías así de nervioso? Si no fuera alguien que pinta, ¿también estarías tan alterado?

Rubén soltó un suspiro, fastidiado:

—¿Y desde cuándo te volviste tan hablador?

Cristian cambió su tono, dejando de lado las bromas:

—Está bien, está bien, yo me encargo. Hablo con el doctor, solo avísale a la señora y al señor Olmo, que me digan cuándo pueden recibirnos.

Rubén se quedó callado unos segundos.

Al final, aclaró con voz firme:

—Ella está en otro hospital. Si no puede ir contigo, manda al doctor a hablar directamente con los que la están atendiendo allá.

Cristian parpadeó, confundido:

—O sea, ¿quieres que le pida a un experto que vaya a otro hospital, a pedirle a los médicos de ahí que dejen que él la atienda? ¿Así, sin más?

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