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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 484

No sabía por qué, pero después de escuchar lo que dijo Fabiana, a Marisa le daban ganas de soltar una carcajada.

Fabiana sí que no tenía filtro... Se atrevía a decir cualquier cosa.

¿De verdad podía afirmar así, sin más, que Davis ahora hacía todo lo que ella le pedía? Como si Marisa le hubiera dado alguna pócima mágica a Davis para que la obedeciera...

Marisa se limitó a sonreír con incomodidad.

—¿No será que tienes una idea equivocada sobre la relación entre Davis y yo? Pero bueno, lo que mencionas... tal vez sí pueda pensar en una solución.

Al fin y al cabo, cuando planearon firmar a Davis, ya tenían guardada una carta bajo la manga.

Melina.

Quizá ya era momento de sacar esa carta y usarla.

Mientras platicaban, ambas caminaron hasta la oficina de Marisa. Fabiana pensaba entrar a tomarse una taza de café.

Pero Marisa la detuvo en la puerta.

Sabía que si Fabiana se enteraba de que se había ido de la casa de la familia Olmo con maleta en mano, no le iba a dejar de preguntar ni un segundo.

—Tengo que resolver unas cosas, ¿por qué mejor no vienes otro día para platicar con calma?

Fabiana se quedó un poco intrigada, pero no le dio muchas vueltas y contestó con naturalidad:

—Está bien, de todos modos yo también ando con pendientes.

Marisa se quedó trabajando hasta muy tarde.

La luna ya estaba bien arriba cuando se acomodó en su silla, dándole la espalda al resplandor de la noche.

Dirigir una galería de arte y pintar, en el fondo, no eran lo mismo.

Sentía el cansancio pegado a los huesos, pero justo esa sensación le recordaba que estaba avanzando, como si subiera una colina cada día.

Después de tanto cansancio, lo único que quería era darse una buena ducha y tumbarse en una cama suave para dormir a gusto.

Marisa echó un vistazo a la pequeña sala y luego recorrió con la mirada todo su despacho.

No tenía ducha, por supuesto. Y esa sillita diminuta tampoco era precisamente cómoda para pasar la noche.

Así que decidió levantarse, sacó algunas prendas íntimas de la maleta y las metió en una bolsa negra tejida. Cuando terminó de empacar, pidió un carro en la aplicación.

El carro llegó rápido. Marisa salió justo a tiempo, caminando hasta la entrada de la galería.

—Gracias, de verdad.

Al bajar, Marisa se acercó a la caseta de vigilancia del edificio para registrar su visita y le mencionó el piso al que iba.

Se arropó mejor con la chamarra y empezó a avanzar hacia el interior del conjunto.

A esas horas, el viento de la madrugada soplaba con fuerza; las ramas pelonas de los árboles apenas y conseguían frenar el aire gélido que se colaba por todas partes.

El aire tenía ese toque seco y fresco que, en el fondo, tanto le gustaba.

Marisa siempre había preferido el invierno.

Esa sensación de limpieza y orden, como si el viento barriera todo a su paso, le dejaba el ánimo ligero y despierto.

Solo que era muy delgada y el frío la calaba hasta los huesos.

Si este invierno pudiera subir unos cinco o seis kilos, tal vez ya no temblaría tanto.

Desde la entrada del conjunto hasta el edificio donde vivía Sabrina, Marisa terminó con las mejillas rojas por el viento.

Se frotó las manos para calentarlas y, al llegar al edificio, presionó el timbre del departamento de Sabrina.

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