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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 493

Ella cambió de tema.

—¿Y después qué pasó?

—Después, Margarita me llevó a un hospital cerca de la fábrica. La verdad, nunca entendí por qué, si mi reacción alérgica era tan grave, decidió no llevarme a la clínica más cercana, sino a esa que estaba justo por la zona de la fábrica.

Rubén hizo una pausa, el tono cargado de incertidumbre.

—Quizá lo que quería era hacer parecer que estábamos juntos en ese viaje de trabajo... pero la verdad es que yo nunca tuve la intención de acompañarla como parte de un viaje de negocios.

Al escuchar eso, Marisa no pudo evitar arrugar la frente. Por primera vez, su voz dejó entrever cierto reproche hacia Margarita.

—¿Cómo puede hacer algo así y dejarte así nomás? ¿Acaso no tiene ni una pizca de sentido común? Una alergia puede ser mortal.

Al ver la expresión algo molesta de Marisa, Rubén no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

Qué bien se sentía, ser cuidado por su esposa.

Pero enseguida se puso serio y prosiguió.

—Lo que hizo Margarita va más allá de lo que imaginas.

Marisa, acurrucada perezosamente en los brazos de Rubén, levantó una ceja intrigada.

—¿Ah sí? ¿Qué más hizo?

Rubén respiró hondo, sus ojos se entrecerraron.

—Yo soy alérgico a varias cosas, pero ese té... ya lo había tomado antes y nunca me había pasado nada. Le pedí a Claudio que revisara todas las cámaras de seguridad de FunAI ese día. Al final, encontramos que Margarita puso algo en mi bebida. No hace falta que te diga qué fue, creo que todos imaginamos la respuesta.

Marisa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Margarita había llegado tan lejos?

Rubén continuó, su voz ahora cargada de una mezcla de cautela y resignación.

—Tú sabes que Alejandra Olmo es mi prima, y ahora Gabriel Ibáñez está trabajando en Clarosol. A mí no me importa que esto se ponga feo, pero ellos quizá no dejen pasar lo que pasó y terminen culpándome a mí.

Cuando él apareció de nuevo, ella ya sabía lo de Margarita.

Por eso, le fue imposible recibirlo con calma.

Le pidió que se fuera. Que no quería verlo.

Pero nunca imaginó que Rubén, tan caballeroso, en serio se hubiera marchado y ni siquiera se hubiera asomado por el hospital después de eso.

En su mirada se asomó una chispa de decepción.

—¿De verdad pudiste aguantarte las ganas de no venir a verme?

Rubén negó de inmediato.

—No pude. Por eso, muchas veces, cuando tú ya estabas dormida, me sentaba afuera de tu cuarto en el hospital, a escondidas...

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