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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 498

Quizás por el desgaste de la noche anterior, Marisa se bebió un vaso entero de leche.

También comió más de lo habitual en el desayuno.

Rubén, con una mano apoyada en la mejilla, observaba a Marisa meterse unas jugosas empanadas en la boca, como si fuera un pequeño hámster.

Su cara era pequeña, y sus mejillas se inflaron al masticar, lo que la hacía ver especialmente adorable.

Marisa masticaba con la boca cerrada. Al levantar la vista, se encontró con la mirada fija de Rubén.

Ella sonrió y, después de tragar por completo la empanada, dijo:

—Esa forma de mirarme me recuerda a cuando era niña. Mi mamá me veía comer exactamente así.

La mirada de Rubén permaneció en su rostro, sin desviarse ni un ápice.

Le gustó la comparación que Marisa acababa de hacer.

Porque, a sus ojos, Marisa era como una niña, una niña que necesitaba muchísimo amor.

Y él era la persona que podía darle todo ese amor.

Después del desayuno, Rubén insistió en llevar a Marisa a la galería.

En el camino, Marisa estaba coordinando con la marca patrocinadora, que le planteaba algunas exigencias absurdas.

Decían que querían colocar un enorme logo de la marca junto a la obra de Davis Mariscal, e incluso insinuaron que Davis debía crear una obra que tuviera relación con la marca.

Marisa se negó con total firmeza, casi sin darles ninguna concesión.

—Señor Hernández, los artistas de nuestra galería tienen un cien por ciento de autonomía creativa. Le pido por favor que no le quite a un artista su derecho a la hora de crear.

Al ver a Marisa defendiendo su postura con tanto ahínco, a Rubén le pareció sumamente adorable.

Así que no pudo evitar preguntar:

—¿Qué marca es tan descarada?

Marisa colgó el teléfono de mal humor, con el fastidio reflejado en el rostro y en el corazón.

—Las marcas de ahora creen que por soltar un poco de dinero pueden hacer lo que se les da la gana, sin respetar en lo más mínimo la creación artística…

Rubén liberó una mano para acariciar la mejilla inflada de Marisa.

—Tranquila, señora Olmo, no te enojes. Si insisten, simplemente buscamos otra marca con la que colaborar. El señor Olmo siempre estará aquí para respaldarte.

Esa era la seguridad que él podía darle a Marisa.

Y se retiró con la misma rapidez.

Justo cuando iba a abrir la puerta, Rubén la sujetó de la muñeca.

Por inercia, Marisa se giró, y Rubén se abalanzó sobre ella, besándola con fuerza.

Antes de que Marisa pudiera reaccionar, el beso se profundizó.

Cuando la dejó casi sin aliento, Rubén finalmente la soltó.

—Listo, señora Olmo. ¡A trabajar!

Cuando Marisa bajó del carro, sentía que flotaba.

Apenas entró en la galería, Fabiana Barrera se le acercó con entusiasmo.

—Oye, ¿ese no es el carro del señor Olmo? Uy, uy, mira nada más esas mejillas sonrojadas…

Marisa adoptó una expresión seria.

—Ya, Fabiana, no empieces con tus bromas…

***

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