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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 507

La recepcionista, al darse cuenta de la angustia emocional de Marisa, no se quedó más tiempo y se fue a toda prisa.

Apenas había salido de la oficina del presidente y antes de llegar al elevador, se encontró de frente con el señor Olmo, que acababa de salir de él.

Rubén tenía el ceño fruncido y una expresión llena de preocupación.

Tan nervioso estaba que detuvo a la recepcionista para preguntarle:

—¿La señora Olmo está bien?

La recepcionista negó con la cabeza, seria.

—Señor Olmo, la señora Olmo no se ve nada bien. Está muy decaída y tiene los ojos llorosos.

Al oír esto, el corazón de Rubén dio un vuelco.

Luego, se recompuso.

—Entiendo, gracias. Ya puedes retirarte.

Rubén abrió la puerta de la oficina y vio a Marisa sentada en el sofá, con una taza de té en las manos.

Apenas había bebido unos sorbos.

Tenía la mirada perdida, fija en un punto en la distancia, con las pupilas desenfocadas.

Rubén se acercó a Marisa en silencio.

Había espacio a su lado en el sofá, pero Rubén no se sentó. En su lugar, se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y la miró desde abajo.

Al sentir la cercanía de una presencia familiar, Marisa volvió en sí.

La palma de su mano transmitía un calor intenso. Al sentirla aferrada a la suya, Marisa sintió que recuperaba un poco las fuerzas.

Rubén permaneció arrodillado frente a ella, mirándola con los ojos llenos de ternura.

—Maris, ¿por qué no contestabas mis llamadas?

Marisa apretó los labios con fuerza, frunció ligeramente el ceño y sus ojos se enrojecieron al instante.

Cuando habló, su voz tenía un ligero temblor de llanto.

Al entrar, ambos se quedaron atónitos con la escena.

Marisa dormía profundamente en el sofá.

Y Rubén estaba sentado al extremo, dándole… un masaje en los pies.

A Claudio casi se le caen al suelo los lentes de montura dorada que llevaba.

Se los ajustó en el puente de la nariz y volvió a mirar con atención.

Sí, no había duda. El señor Olmo le estaba dando un masaje en los pies a la señora Olmo mientras dormía.

Claudio, que siempre tenía un comentario mordaz a mano, no pudo evitar bromear mientras entraba.

—Vaya, vaya, parece que el señor Olmo aprendió a dar masajes en su último viaje de negocios. ¿Cuánto cobra? A mí también me gustaría probar.

Sabrina, a su lado, se tapaba la boca para reír en secreto.

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