—¿Qué es? —preguntó Claudio con curiosidad.
—Davis —dijo Marisa, haciendo una pausa—. Dije que Melina era difícil de tratar, y Davis dijo en el chat grupal que su jefe pensaba lo mismo.
Claudio y Sabrina se dieron cuenta entonces de que esta tormenta no solo estaba dirigida a Marisa.
Davis también había salido perjudicado.
Ese grupo de fanáticas sin cerebro, en un arrebato, era capaz de hacer cualquier cosa.
Y eso era precisamente lo que preocupaba a Marisa.
—No puedo comunicarme con Davis. A esta hora normalmente está durmiendo para recuperar energías, pero me preocupa su grabación de esta noche. ¿Podrían ir a su casa a ver cómo está? Y si pueden, llevarlo y traerlo del set.
Sabrina suspiró, exasperada. ¿Cómo podía preocuparse por los demás en un momento así?
Pero no tuvo el corazón para negarse.
—Está bien, mándame la dirección y el número de Davis. Claudio y yo iremos ahora mismo.
Sabrina se levantó, pero seguía sin poder dejar de preocuparse por Marisa.
—Marisa, ¿y qué vas a hacer para comer?
El exterior de Jasmine estaba completamente sitiado. Las fanáticas insultaban a cualquier empleado de la galería que veían, así que ni hablar de lo que le harían a Marisa.
La gente de adentro apenas podía salir, y la de afuera no podía entrar. En esa situación, hasta conseguir algo de comer era una odisea.
Marisa no tenía hambre, pero al pensar que los demás en la galería tampoco podían comer, frunció el ceño.
Había demasiadas fanáticas rodeando el lugar; ni toda la seguridad del mundo podría controlarlas.
Marisa se levantó e hizo una llamada. Después de identificarse y dar la dirección, continuó:
—Frente a mi galería hay un grupo de fanáticas muy alteradas que están causando problemas. Están afectando el trabajo básico de la galería y a mis empleados. Les pido por favor que…
Después de llamar a la policía, Marisa pidió comida para cada uno de los empleados de la galería, y añadió algunos pasteles y cafés.
Los guardaespaldas personales de Claudio lo escoltaron a él y a Sabrina fuera de la galería.
Hasta que subió al carro, Sabrina seguía discutiendo con las fanáticas de Melina.
—¡A esta gente le falta un alto!
Claudio la miró con ternura.
A Claudio le pareció extraño.
¡Rubén sí que sabía mantener la calma!
Lo que no sabía era que, en la sala de juntas, Rubén miraba su celular sin prestar la más mínima atención a la reunión. Varias veces, su asistente tuvo que llamarlo en voz baja para que reaccionara.
Minutos después, Rubén se levantó de golpe.
—Disculpen, tengo una cita con el señor Muñoz en la tarde.
Salió de la sala de juntas a toda prisa, con su asistente pisándole los talones.
—Señor Olmo, en su agenda de hoy no tiene ninguna cita con el señor Muñoz.
Rubén se detuvo frente al elevador, con las manos en los bolsillos de su gabardina.
—Sí, lo sé. Surgió de último momento.
El asistente no entendía qué podría tener que tratar de improviso el señor Olmo con el señor Muñoz, un hombre del mundo de los medios y el entretenimiento.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...