Los labios de Antonio temblaban, como si estuviera calculando cómo reunir diez mil millones de pesos.
Mientras tanto, la mirada de Marisa se ensombreció lentamente. Jugó con la mano de Rubén y, acercándose a su oído, le susurró:
—Rubén, estoy un poco cansada.
—De acuerdo, vámonos ahora mismo —asintió él.
Antes de irse, Rubén le dio unas breves instrucciones a Vicente.
Apenas terminó de hablar, vio que Marisa se adelantaba a paso rápido.
Fue al salir del bar cuando Rubén se percató de que algo no andaba bien con ella.
***
Dentro del carro.
El chofer conducía hacia el hotel mientras Marisa observaba en silencio el paisaje nocturno a través de la ventanilla.
El bochorno de la noche en Luminosa aún persistía en el aire.
El aire acondicionado del vehículo estaba al máximo, y la corriente fría hizo que Marisa frunciera ligeramente el ceño.
—¿Estás enojada? —preguntó Rubén, tomándole la mano.
Marisa no apartó la vista de los paisajes que pasaban veloces por la ventana.
—Sí —respondió con un leve asentimiento.
—¿Ah, sí? —Rubén arqueó una ceja—. A ver, déjame adivinar… ¿Fue por esos tipos que se te arruinó la noche? No te preocupes, ya le di instrucciones a Vicente. Él sabe lo que tiene que hacer.
Marisa negó con la cabeza. No estaba molesta por ellos; al final, la basura siempre será basura, y no valía la pena enojarse por eso.
—¿Entonces por qué es?
Mientras preguntaba, Rubén le apretó la mano con más fuerza.
Pero Marisa, sutilmente, retiró la suya.
Los ojos de Rubén se posaron en la mano que ella había apartado. Vaya, parecía que de verdad estaba enojada.
Marisa no respondió.
Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras le acariciaba la mejilla.
—Señora Olmo, si un día el Grupo Olmo estuviera al borde de la quiebra y alguien me pidiera elegir entre tú y la empresa, te elegiría a ti sin dudarlo. ¿Qué importan diez mil millones comparado con eso?
El rostro de Marisa por fin mostró un atisbo de emoción.
—Entonces, ¿por qué dijiste eso? —reprochó, haciendo un puchero.
—Lo dije solo para asustar a Antonio, como una advertencia —explicó Rubén, con una sonrisa cada vez más amplia—. La familia Vargas no tiene diez mil millones, y yo mucho menos los necesito, ¿entiendes?
Marisa asintió. Pensándolo bien, tenía sentido.
Después de todo, ni Antonio ni su familia tenían esa cantidad de dinero. Además, ¿para qué querría Rubén diez mil millones?
Él ya tenía varias veces esa suma.
La ira de Marisa se disipó, pero la sonrisa en los labios de Rubén se hizo incontenible.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella, confundida, apartando los brazos que la rodeaban—. ¿Tan feliz estás?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...