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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 667

Valentina respiró hondo y apartó la vista de Marisa. Parecía que no se atrevía a mirarla a los ojos.

Desesperada, Marisa dirigió su mirada hacia Carlos, esperando que él le diera una respuesta más directa.

Pero cuando el vapor del té se disipó, la expresión de Carlos se reveló. Era idéntica a la de Valentina. Sus ojos estaban llenos de evasivas.

Esa actitud la sumió en la desesperación.

—¿Acaso no tengo ni el derecho más básico a saber qué está pasando? —preguntó Marisa, paseando la mirada de Carlos a Valentina.

Fue Valentina quien, tras un largo suspiro, tomó la mano de Marisa. Al sentirla, se alarmó. —¡Hija mía! ¡Pero qué helada tienes la mano!

Inmediatamente, les pidió a los empleados que subieran la calefacción.

Marisa la miró con impotencia. —Mamá, tengo el corazón helado, ¿qué más da que tenga las manos frías?

Valentina no paraba de suspirar. En ese momento, en su mirada se vislumbraba una tristeza apenas perceptible. Cuando intentó hablar, la voz se le quebró, como si un sollozo se la impidiera.

Finalmente, fue Carlos quien se levantó, con semblante solemne. —Marisa, Rubén se casó contigo. Incluso si el Grupo Olmo enfrentara una crisis, jamás haríamos algo tan ruin como obligarlo a divorciarse de ti para casarse con otra persona.

La familia Olmo no era capaz de algo tan bajo. Si de verdad fueran una familia que antepone los intereses a todo lo demás, nunca habrían aceptado tan fácilmente el matrimonio de Rubén y Marisa en primer lugar.

La única teoría que Marisa tenía en mente se había hecho añicos. Se sintió aún más desesperada.

—Entonces, si no es eso, ¿por qué se esconde de mí?

Carlos y Valentina volvieron a sumirse en el silencio.

En cuanto terminó de hablar, Valentina le puso la mano en la frente a Marisa.

—¡Está ardiendo! ¡Rápido, llamen a un médico!

Un grupo de personas llevó a Marisa con cuidado a la habitación del segundo piso, mientras el médico venía en camino. No confiaban en cualquier doctor, así que le pidieron a Cristian Quiroz que contactara a uno de su confianza.

Al enterarse de que Marisa se había desmayado, Cristian también vino, preocupado.

En la habitación principal del segundo piso, las heliconias en el rincón junto a la ventana florecían con una intensidad vibrante. En contraste, Marisa, acostada en la cama, tenía el rostro pálido como el papel, sin rastro de vida.

Valentina daba vueltas, muerta de la angustia. —¿Cómo pudo esta niña preocuparse tanto hasta enfermarse de esta manera?

Cuando Cristian llegó con el médico, el aspecto de Marisa era aún peor. La fiebre era tan alta que había empezado a delirar.

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