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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 668

—Rubén... ¡No me dejes! Rubén…

Marisa murmuraba su nombre mientras negaba con la cabeza, aferrándose con fuerza a las sábanas. La expresión de dolor en los rostros de los señores Olmo al verla era desgarradora.

Cristian no entendía qué había pasado. ¿No se suponía que Rubén estaba de viaje de negocios en Solarena? Aunque, pensándolo bien, ese viaje se había alargado más de la cuenta.

El médico que Cristian trajo le hizo un chequeo rápido a Marisa.

—Tiene fiebre por un resfriado. Con un poco de medicamento y descanso, debería recuperarse en cuanto baje la temperatura.

Mientras el médico preparaba los medicamentos de su maletín, Cristian no pudo evitar preguntar: —¿Tíos, Rubén y Marisa pelearon?

Los señores Olmo fruncieron el ceño y suspiraron. Carlos se quedó conversando con Cristian mientras Valentina se acercaba a la cama para arropar a Marisa con cuidado, acariciándole el cabello con una ternura infinita.

—Pobre niña, qué tonta. ¿Cómo pudiste dejar que esto te pasara? Si te pones así, ¿cómo vamos a darle la cara a tus padres?

La frente de Marisa, pálida y demacrada, estaba cubierta de finas gotas de sudor.

Valentina pidió a una empleada que trajera toallas húmedas con agua tibia y, con delicadeza, le secó el sudor.

Cristian nunca había visto a sus tíos cuidar a alguien con tanto esmero. Al fin y al cabo, Rubén era su único hijo, y los hombres no son tan delicados como las mujeres. Si alguna vez se enfermaba, bastaba con llamar a un médico; nunca los había visto tan afligidos por nadie.

Se frotó la nariz y observó a Carlos, cuyo rostro reflejaba una profunda preocupación e impotencia.

Antes de que Rubén tomara las riendas, era este hombre quien dirigía el Grupo Olmo. Carlos era conocido en el mundo de los negocios por sus métodos implacables, un hombre con mano de hierro. Cristian no podía concebir cómo una expresión así podía aparecer en su rostro.

Pero ya había preguntado lo que debía, y la etiqueta social dictaba no presionar más. Así que Cristian esperó y esperó. Cuando el puro ya se había consumido a la mitad, Carlos finalmente habló. —Cristian, agradezco tu interés, pero esto es un asunto entre Rubén y Marisa. Nosotros, los de afuera, no podemos meternos.

Cristian se encogió de hombros con resignación. Si hasta Carlos se consideraba a sí mismo un extraño en el asunto, entonces él era todavía más ajeno. Si ni siquiera los señores Olmo podían intervenir, él, como amigo, no podía hacer nada.

Cristian se fue de la residencia de los Olmo. Caminó con paso ligero sobre la nieve recién despejada, pero con el corazón apesadumbrado. Llamó a sus amigos y los citó en un club privado del centro de la ciudad.

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