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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 723

Abriendo la boca un poco, Claudio solo pudo preguntar con resignación:

—La chica de ese día... ¿tiene algo de especial?

No había visto a la mujer capaz de arrancar a Rubén del lado de Marisa, y sentía cierta curiosidad lamentable.

Sabrina, naturalmente, le guardaba un rencor profundo a Mónica. Con ese resentimiento presente, ¿cómo podría evaluarla objetivamente?

—Tiene cara de mustia, de esas que tiran la piedra y esconden la mano. En cada gesto se le nota lo falsa que es, presumiendo a gritos que estudia en Suiza. Llegó hablando sin parar, ¿y qué tiene de especial? Es solo una estudiante de medicina, no es la gran cosa. ¿Acaso es más chingona que nuestra Marisa? ¡Por favor! No le llega ni a los talones.

Frente a Claudio, Sabrina desahogó todas sus quejas, criticando a Mónica sin piedad.

Claudio, por supuesto, no creía del todo en las palabras de Sabrina.

Conociendo el gusto de Rubén, jamás se fijaría en alguien como la describía ella.

Pero tampoco corrigió a Sabrina.

Si Sabrina pensaba que era así, entonces para ella esa chica debía ser así.

Hasta que Sabrina se cansó de despotricar, se sentó junto a Claudio y, con una expresión sombría, comenzó a decir la verdad:

—Se llama Mónica. Se ve muy joven, pero tiene un aire indiferente, muy calmada. En cuanto a carácter, se parece un poco a Marisa; ambas tienen esa dignidad inquebrantable. Casi le tiro el café hirviendo en la cara y ni siquiera parpadeó; se quedó sentada ahí, tan tranquila. Comparada con Macarena, creo que ella es de la que más deberíamos preocuparnos.

Al escuchar la descripción de Sabrina ya más calmada, Claudio frunció el ceño.

Pensó que, llegados a este punto, Marisa ya había firmado el acuerdo de divorcio que Rubén preparó.

—Puede que no me creas, pero durante casi veinte años, todos en nuestro círculo sabían que Rubén amaba a Marisa con locura. Incluso cuando escuchó que ella se iba a casar con otro, se escapó al extranjero y desapareció por mucho tiempo para sanar sus heridas solo.

»En realidad, ninguno de nosotros esperaba que Rubén cambiara de parecer, y mucho menos tan rápido. Quizás tengas razón; a veces esa «profundidad» es solo una película que los hombres se montan en su cabeza.

Sabrina soltó un bufido de desprecio.

—Já. Yo creo que si no hubiera conseguido a Marisa, tal vez la habría amado toda la vida. Pero la consiguió. ¿No son todos los hombres iguales? Lo que ya tienen, dejan de valorarlo.

»Pobre Marisa, pensó que la amaban y por eso respondió con tanta entrega. Al final, todo fue un sueño guajiro.

Sabrina se levantó y miró las bugambilias floreciendo junto a la calle silenciosa. Suspiró profundamente.

—Nuestra Marisa... ¿cómo va a salir de este dolor?

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