César miró a Marisa con una atención inusual.
Parecía muy diferente a las mujeres con las que solía tratar.
En el círculo de César, la mayoría de las chicas eran como Macarena: nacidas en familias donde no tenían que preocuparse por el dinero ni por trabajar.
Tenían un carácter un poco caprichoso; su rutina consistía en compras de lujo, tratamientos de belleza, mascotas costosas y viajes por el mundo.
Si trabajaban, solía ser en un puesto nominal. Solo iban a la empresa a echar un vistazo cuando estaban muy aburridas.
Pero la chica que tenía enfrente no mostraba interés en los lujos, algo evidente por las migajas de galleta en su bolso de marca.
No le gustaba maquillarse mucho, ni siquiera usaba labial; sus labios tenían un color natural.
Es más, parecía que no podía vivir sin trabajar.
Para César, conocer a una chica así era una especie de choque cultural, algo que rompía sus esquemas sobre las mujeres.
Debido a la presencia de César, muchas personas se acercaron, incluso a ese rincón apartado.
Por supuesto, entre ellos estaba el grupo de hace un rato.
Copa de champán en mano, en pequeños grupos, intentaban entablar conversación con César.
Marisa se levantó, queriendo irse.
—Voy al tocador.
Ella solo estaba allí para hacer acto de presencia en nombre de la Colección Vientario; su plan era esconderse tranquilamente hasta que terminara el evento.
Antes de que pudiera levantarse, César la tomó de la muñeca.
—Espera.
—Hace un momento escuché a alguien decir que ella era una pueblerina. Tengo que aclararles algo: la señorita Páez es nacida y criada en Clarosol. Además, ustedes deben estar tan acostumbrados a comprar imitaciones que ven el bolso de la señorita Páez y asumen que también es pirata, ¿no? Ja, la señorita Páez no es de su misma calaña, así que ahórrense los comentarios.
Marisa pudo sentir la incomodidad en el aire, los murmullos y el sonido de la respiración contenida de los presentes.
Al ver que no conseguirían nada bueno con César, el grupo se dispersó rápidamente como pájaros asustados.
Cuando la gente se alejó, Marisa dijo en voz baja:
—Señor Domínguez, no era necesario tanta caballerosidad.
Recibir amabilidad sin motivo la hacía sentir un poco extraña.
César arqueó las cejas con un aire elegante y respondió sin contestar directamente:
—En realidad, no planeaba subir. Pero vi esa escena en el estacionamiento y me dio curiosidad. Fue bastante entretenido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...