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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 775

Marisa rechazó amablemente la propuesta.

—No, señor Mariscal. La última vez pedí una semana libre para ir a Zúrich y ya me da mucha pena. Si voy a Terranova, necesitaría al menos tres o cuatro días más. No puedo pedir otro permiso.

Al principio, Enrique no lo entendía.

—Marisa, pero si solo trabajas en una pequeña galería en Vientario, ¿acaso tienes alguna responsabilidad tan crítica que no puedas dejar?

Marisa rió con un tono de disculpa.

—Puede que no sea un trabajo de vida o muerte, pero sigue siendo mi empleo. Si yo misma no me lo tomo en serio, ¿no se volvería una broma mi profesionalismo?

Esa respuesta hizo que Enrique sintiera aún más admiración por ella.

Esa joven parecía tener las cosas muy claras en la vida.

Enrique pensó por un momento, se le iluminaron los ojos y chasqueó los dedos.

—Bueno, si el único problema es pedir los días libres, eso lo solucionamos fácilmente. Nuestro banco es uno de los patrocinadores de esa exposición en Terranova. Le enviaré una invitación oficial a tu galería, así podrás venir en representación de tu trabajo.

Marisa se alegró mucho.

—¿De verdad se puede hacer eso?

Enrique, temiendo que se negara, se apresuró a explicar:

—Es solo una invitación, un detalle muy pequeño. Por favor, no me digas que no, ¿de acuerdo?

—Señor Mariscal, no soy una aguafiestas. Acepto ir.

Marisa frunció el ceño y se puso de pie. Sabía que si no decía nada, el pobre Bruno, que era demasiado tranquilo, terminaría pagando los platos rotos.

Miró fijamente al resentido Simón.

—Si tienes algún desacuerdo, puedes decirlo de frente, no hay necesidad de usar ese tono tan pasivo-agresivo. Si crees que me voy de vacaciones con el dinero de la galería, te informo que no pediré ni un solo centavo de viáticos. ¿Te parece bien así?

Simón le dirigió una mirada despectiva.

—Bah, ya sabemos que te sobra el dinero. La última vez regresaste de Zúrich con una maleta que costaba una fortuna. No creas que soy tonto, sé que ese dinero no es limpio. Qué suerte tienen ustedes las mujeres, que con solo acostarse ya están ganando billetes...

Antes de que pudiera terminar, Marisa agarró su vaso de agua y se lo arrojó directamente a la cara.

—Si hacer dinero acostada es tan fácil, ¿por qué tu mamá no lo hizo en lugar de dejar que su hijo terminara siendo un resentido envidioso?

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