—Espero que logre sacar a sus amigos de aquí—, Harper ladeó el rostro para ver a Cristóbal sacudir la gota de sangre que llegaba a su ceja—. La chica tiene cara de que no merece estar aquí.
—¿Y tú?—, quería mantenerlo despierto, así fuera con preguntas absurdas.
—Desde mi nacimiento la tengo según quienes me conocen—, mencionó en voz baja—. No puedes cambiar la sangre que te corre en las venas, y eso me tiene intentando cambiar el futuro que…aún espero tener.
La vista se le estaba oscureciendo y Harper lo sabía. Si ella, con poco tiempo sentía sus fuerzas abandonarla, él de seguro estaba a punto de rendirse.
—El futuro lo reclamas, no esperas a que llegue—, soltó ella con voz neutra—. Así funciona la vida.
—Cada vez que habla, siento que escucho a alguien que no tiene afecto ni por sí misma—, sonrió apretando los ojos para poder ver un poco mejor—. Juraría que la sensibilidad la abandonó.
—Si me dirigiera por mi sensibilidad, ni siquiera hubiese alcanzado a llegar a esta porquería—, dijo la pelirroja escuchando la puerta abrirse.
Cristóbal sintió la rudeza de sus músculos adueñándose de su voluntad.
Valente volvía con ese mismo gesto en el rostro de no esperar más para terminar de romperlos. Mentalmente elegía a quién llevarse a la zona favorita de ese salón, pero realmente Cristóbal Ferrer no le inspiraba nada.
No tenía mucho contra él. Solo era un simple peón que corrió con la suerte de ser descubierto en sitios donde no debía estar. De no ser por la ocupación que tenía en los Crown, no era nadie para él.
En cambio esa maldit@ sí lo llenaba de ideas con sólo verla. Podía oler su sangre, ansiar sus gritos, imaginaba ese rostro lleno de lágrimas suplicantes con sólo verla y por ello la eligió.
—No…—alcanzó a decir Cristóbal al ver el corte en las sogas que realizó el Centinela, tocando la piel de Harper al no importarle tener cuidado con ella.
El Centinela la hizo caminar, mientras otro lanzaba agua al piso con un balde. Valente simplemente veía, no lo que hacían sus hombres, sino a la mujer que tenía sangre seca bajo la nariz.
—Tú y yo pudimos ser un gran equipo—, la miró de perfil—. De hecho creo que a eso le tuvo miedo Lorcan.
—Lorcan le tenía miedo a todo. Siempre fue un cobarde—, la risa ronca del rubio fue lo último que escuchó cuando fue lanzada sobre otra silla, en donde un segundo después, el agua fría la golpeó.
—Deberías agradecer que no soy del tipo que se enoja por escuchar insultos hacia sus padres—, la tomó del cabello—. Porque de ser así, esa lengua desde que llegaste, no la tuvieras.
—Que privilegio—, contestó la pelirroja.
—Lo es—, envió a otro Centinela a asegurar las manos en la silla—. Tus pies estarán libres, porque te van a servir para buscar alejarte del dolor, pero no pasará. Se volverá peor, y tú misma vas a causarlo.
Escuchó algo lanzar un ruido extraño y al ver aparecer al sujeto detrás de ella con una segueta, colocada en fuego, su espalda se enderezó ante el terror.
—Corta y cauteriza a la vez—, mencionó el rubio—. Ya sabes, para evitar el desangrado rápido—, la presentó cómo si fuera un orgullo saber de esas cosas—. Suelo usar otro tipo de artefactos, pero, no puedo cargarlos a donde vaya. Aunque puedo resolver ese tipo de inconvenientes.
Harper pasó saliva, el calor del metal podía sentirlo tocando su piel, pese a que estaba a más de un metro de ella. Percibió su espalda buscando la manera de huir, pero le fue imposible ante las ataduras que quiso al menos aflojar.
El rubio se colocó un guante de material resistente al calor en una mano, mientras la torturaba también con dejarla ver cada segundo de preparación para lo que iba a pasar. Disfrutó como nunca verla tratando de no verse aterrada, pero sabía que lo estaba.
El cuerpo humano estaba hecho para huir instintivamente del peligro cuando los sentidos lo distinguían, por ello la dejaba ver, le describía todo y le permitía sentir el cambio de temperatura.
—Ya que no me muestras miedo—, Valente tomó la segueta con una mano para acercarse—, ¿qué tal si me entregas tu dolor?
La tomó del brazo limitado, llevando los dientes afilados y enrojecidos por el fuego a la piel que sintió la aproximación inevitable, mientras los ojos brillando por el éxtasis de verla así, no se apartaban de su rostro.
—Señor—, Valente oscureció la mirada al escuchar a Zülal romper una de las reglas que no debían olvidar; jamás quitarle el tiempo cuando estaba causando terror en el resto. —Se lo juro que de no ser importante, no lo estaría haciendo.
Quiso justificar su entrometimiento, pero no pudo hacer más que respirar hondo cuando el rubio giró el cuello con la pericia que solía ver en sus gestos cuando elegía víctima.
Volvió a soltar la segueta y se quitó el guante para ir con el sujeto que ladeó su peso, tratando de no sentir que se quedaría sin lengua al pronunciar las palabras que se negaban a salir de su boca. Harper solo pudo ver los botines del portugués que se alejaba de ella, y por un instante, se permitió sentir alivio.
—Espero que valga la pena haber entrado así—, Zülal soltó el aire y le preguntó si podían salir con un gesto. Al cual su jefe accedió al ver su semblante pálido.
—Señor, informan de Berkshire que un grupo armado entró a la mansión del Duque Bonneville—, Valente alzó la ceja como si escuchara la peor locura—. La última vez que la línea fue respondida, se escucharon balas.
El rostro del rubio se convirtió en una mueca que contaba con la mirada sin fondo que se le había podido ver. Sus músculos crearon una capa de hierro que recubrió cada centímetro desde sus hombros a sus pies. Su cuello adquirió una tensión que no supo explicar al imaginar a Livia…
—Una más que se pierde, no hará la diferencia—, la voz de Phiama llegó a él, encendiendo la furia que vomitó por los ojos, mientras la bailarina tenía los brazos cruzados y un gesto indiferente. Verla con la nariz partida, las mejillas rojas y el labio roto por la pelea con la inglesa no le causó más que repudio. —Puedes conseguir otra, total, ya acepté que…
Los pasos del rubio se extendieron hacia ella con la rapidez de un huracán, la cual le sujetó el cuello con una mano, colocándola contra la pared, mientras ella usó sus manos para tratar de alejarlo.
—No hay otra como ella, idiota—, le apretó la garganta mucho más al verla aterrorizada. —Porque el precio que ella tiene, no lo tienes tú ni en toda tu asquerosa vida.
Zülal no supo explicar
—Valente—, le arañó las manos. Y este, exasperado la soltó—. No me generas placer ni matándote.
Phiama sintió su cuello aún tener los dedos enroscados, pero no era así. Zülal no supo explicar por qué temblaba. No era la primera vez que veía a Valente romper a alguien, ni tampoco sería la última, pero ese instante, cuando escuchó su voz quebrarse de rabia contenida, le dejó claro que la amenaza que latía en el portugués no era contra el mundo. Esta vez tenía sentido.
Phiama había caído al suelo como si sus piernas hubiesen perdido el alma.
Tosió, jadeó, y ni siquiera se atrevió a responderle. Sabía que en ese estado, Valente no tenía límites. Ni moral, ni freno, ni compasión. Y aunque lo había visto muchas veces antes… esta vez era distinto.
Valente se giró sin mirarla más, caminando como una bestia que había recordado cuál es su presa. Le bastaron dos palabras antes de retomar el paso.
—Comunícame con ella—, le había dejado un teléfono con la única línea que la conectaba con él.
Zülal parpadeó saliendo de sus pensamientos, para luego verlo tomar el mismo rumbo que él. No podía entender cómo había pasado de torturar, a comportarse como si el mundo le hubiera escupido en la cara. Pero lo siguió.
Harper, desde la silla, sentía el ardor aún en la piel aunque la segueta nunca la tocó. Pero supo que se había salvado... esta vez. Y no porque Valente decidiera dejarla en paz, sino porque otro infierno acababa de abrirse. Y lo estaba esperando a él.
—Debemos salir de aquí. Ahora—, dijo hacia Cristóbal, mientras movía las piernas, intentando usarlas a su favor. Pero el piso estaba mojado y la silla se deslizaba con ella en cada intento
—Lo intenté, varias ocasiones antes —gruñó él, con un hilo de voz, —Por eso usa el agua. La superficie es lisa y no permite…
—Tengo los pies libres. Sólo necesito un punto de apoyo —contestó Harper, desesperada, apretando los dientes cuando la silla golpeó una de las patas se deslizó, arruinando una nueva oportunidad—. Si logro voltearme, puedo romper una de estas patas contra la base de hierro.
—También lo intenté—, Cristóbal sabía la importancia de salir de ahí, pero también sintió la impotencia que ella al ver que cada oportunidad la agotaba, sin resultado diferente al anterior. —Guarde energía.
—Estoy harta. —La furia brillaba en sus ojos, incluso más que el miedo que se negaba a cederle espacio—. Si no salimos, moriremos aquí. Y él no va a matarme cuando lo sepa, Cristóbal.
Valente no respondió enseguida. Cerró los ojos también, pero no en dolor. Sino para no gritar. Para no romper el móvil con la mano. Para no desquiciar a todos los que esperaban una orden suya, porque esa frase… «ya me estás destruyendo a mí,» lo jodió.
Necesitaba a Zorina. Necesitaba el olor de la sangre, el crujido del hueso cediendo, la certeza del miedo en otros ojos. Necesitaba matar. Porque a Livia…
—Entonces no sueñes con que un día serás libre de mí —soltó al final, con una voz helada—. Porque el día que lo haga, no quedará nada. Ni siquiera de ti.
La chica se resignó a que la ubica forma de vivir era de esa que quería huir. Pero un nuevo estruendo la hizo gritar de terror.
—Van a entrar en la casa. Están rompiendo la puerta. Si… si me atrapan…
—No te van a atrapar —aseguró él con una calma enfermiza—. Zülal.
—Las sombras acaban de llegar—, informó y en la línea Livia sólo pudo describir lo que pasaba en su entorno, mientras corría al baño, el único sitio en donde los disparos no llegaban.
Valente vio el mensaje que llegó a su teléfono del tipo que se hacía llamar el supremo, en otras palabras.
“Una prueba de que no miento.” en el mensaje estaban unas coordenadas que ubicaban al sujeto en altamar. Valente las memorizó.
—Esperan a órdenes, señor—, habló Zülal con el teléfono en la mano. El rubio se lo quitó.
—Quiero partes de los perros que se atreven a tocar lo mío—, soltó asegurándose de que Livia escuchara—. Saquenla con vida. Es la única prioridad.
Livia sintió que su corazón se aceleraba al oírlo de esa manera, pero su captor lo sabía. Y usaba eso contra ella misma, porque era sus juegos perversos no conocían de límites.
—¿Dónde está Zorina?—, espetó con el puño cerrado. —Ya debería estar aquí.
Zülal no tuvo respuesta para eso, pero al intentar contactar con Circe, la línea se quedó en silencio por un segundo, luego de ser contestada.
—¿Vienen en camino?—, bajó un poco la voz—. Aquí las cosas no están tan bien y el jefe no parece control ni de él mismo.
Un segundo de silencio lo hizo ver la pantalla para saber si la llamada se había cortado.
Después, una respiración lenta, como si alguien disfrutara demasiado el momento antes de hablar.
—Eso suena divertido.
Zülal sintió un escalofrío que no pudo disimular. Ese no era Circe. Esa voz era más densa, más grave, más oscura.
—¿Quién…?
—Dile a la escoria Bohemond —interrumpió el susurro, arrastrando las palabras como si las saboreara— que lo que viene… no lo ha soñado ni en sus peores pesadillas.
Zülal miró hacia la puerta, con su mano temblando apenas, mientras del otro lado de la línea, el sonido de algún teclado se escuchaba.
—Boris Orlov —murmuró, y la sangre se le heló en las venas.

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