Valente giró el cuello cuando el nombre salió de boca de Zülal, el cual bajó el teléfono con el nuevo mensaje, el mismo que contenía un archivo que él descargó, temeroso, como si su instinto le gritara que no debía hacerlo, pero su curiosidad le pidiera saberlo.
El archivo se abrió lentamente.
El reproductor cargó la imagen de Zorina al inicio, la cuál recibió un puñetazo que la lanzó contra una pared. Su rostro estaba bañado en sudor, tierra y sangre.
—Señor—, Zülal apenas pudo pronunciar esas palabras, mientras en el video se podía ver a Zorina intentando quitarse de encima a Bora, el cual no quería extender su vida con torturas, porque sencillamente, eso para Valente no era castigo.
Era misericordia.
Y Boris no daba misericordia.
Valente no tomó el teléfono, solo observó la pantalla mientras llevaba las manos a su espalda, sin parpadear, con una rigidez cadavérica. Su mandíbula se tensó de forma visible, en tanto escuchaba las maldiciones de su madre contra Boris. En la grabación en primer plano, los segundos pasaban con una crudeza enfermiza. Boris no había editado nada. No era un resumen, le estaba mostrando cada segundo de la forma tan rápida de cómo redujo a su progenitora.
Zülal murmuró algo que Valente no le dio importancia, sin dejar de ver cómo la mujer en la grabación era arrastrada por el cabello, como un trapo al que el dueño del imperio negro repudiaba.
La voz de su madre se alcanzó a escuchar, mientras la rigidez en su espalda hablaba de lo que sentía.
—¿Crees que vas a afectar a Valente por mí? —se burlaba Zorina en el video.
—No necesito afectarlo. Necesito dejarlo solo—, y lo estaba haciendo al quitarle lo que podía recordar como mantener la cabeza fría.
La cortina empezó a apretarse en un puño contra la boca abierta de Zorina, mientras Valente recordaba a Lorcan decirle que debía controlarse, si no quería que le quitara lo que por derecho le tocaba.
Esas veces en las que su padre asumía su diagnóstico como un defecto y lo repudiaba al punto de reprimirlo. Pero su madre fue la única en hacerle entender que eso no era un defecto.
“Solo los mediocres ven tu potencial como un defecto. Tú no necesitas poder, tú eres una forma de poder y no vendrás llorando o buscando caer en gracia a nadie. Porque no parí a una víctima, de mis entrañas salió el victimario.”
Valente no reaccionó. No se movió. Solo observó. Cada sonido, cada golpe, cada gemido contenido se le incrustaba en la piel como astillas al ver los ojos de su madre llenarse de ese líquido rojo, para luego, ver la mano ensangrentada de Boris tirar de la cortina, sacando con la tela un trozo de carne que no debería estar fuera del cuerpo humano.
Zülal no se atrevió a respirar fuerte.
Valente continuó de pie, y fue entonces que sus dedos, aún entrelazados en la espalda, crujieron cuando cerró los puños con fuerza. Cada una de sus vértebras parecía alinearse con la precisión de una maquinaria antigua que se reactivaba después de siglos de letargo.
No lo iban a convertir en una víctima, se dijo.
Su decisión estaba tomada. Si su nombre era temido por ser un victimario, aprenderían a bajar la cabeza al convertirse en cenizas ante él.
La sangre brotaba por la boca de la mujer que lo había formado, no apartó la mirada.
No podía. No debía.
Vio a detalle cuando colocaron su cuerpo a un lado de Circe, el cuál tenía la cabeza sobre su abdomen, acto seguido, el hachazo que le separó el cráneo a Zorina.
Zülal se cubrió la boca controlando las ganas de vomitar. Uno de los Centinelas bajó la cabeza, incapaz de ver más cuando ambas cabezas rodaron, con la figura del albanés…porque era él, no necesitaba ver el rostro que no aparecía en la grabación. Podía reconocerlo.
Valente solo respiró más lento y cerró el archivo con un solo dedo.
—Jamás debiste tocar a Audrey—, el tono venenoso disfrazado de calma se mezcló con el sonido de fondo. Un teclado.
El rubio solo exhaló, apenas un susurro, y aun así, todos los que estaban cerca dieron un paso atrás. Porque ese sonido fue más nítido que una amenaza.
—Voy a arrancarte las entrañas —murmuró con una frialdad macabra—. Y se las haré tragar a tu hija. Después, la dejaré viva. Para que te vea morir como viste a mi madre.
—Eso es lo que más me gusta de ti, Bohemond—, exhaló el sujeto—. Eres tan optimista que crees que podrás llegar a mí, cuando si te aproximas, mi puño y un mazo con púas esperan por tí. Y en serio, espero que me busques. A mí, para ver si los cojones que tienes son suficientes para un cara a cara conmigo, hijo de perra.
—Tú lo pediste. Voy a buscarte —dijo, con la voz tan baja que a Phiama le dio escalofríos escucharla—. Iré por tí. Y cuando llegue, no va a quedar lugar en el que tu alma quiera esconderse.
Boris soltó una risa más. Pero esta fue diferente. Más cortante.
—Te espero, pedazo de mierda—, soltó—. Trae flores a tu madre cuando vengas, la lanzaré en donde caen todos los desechos. Porque eso, cabrón, será lo último que huelas antes de que te parta en dos.
La llamada terminó con un clic sordo.
El aire, sin embargo, no volvió a ser el mismo.
Zülal no respiró hasta que Valente dejó caer el teléfono sobre la mesa. No lo rompió. No gritó. Solo estiró una mano hacia su chaqueta, y sin mirar a nadie caminó hacia la única persona con quien podía quitarse lo que lo sofocaba.
Pero elegiría a quien despedazarle frente a ella. Alguien que le diera esas adictivas lágrimas de dolor por montones.
—La rubia, traela a ella—, demandó al sujeto que asintió para ir por Fannie. —Winifred me servirá para otra ocasión.
Él entró al lugar, en dónde Cristóbal estaba en el suelo, con su silla volteada, sacudiendo los hombros con desespero, quedándose inmóvil en cuanto vio las botas del sujeto aproximándose.
—Luego me hago cargo de las cucarachas—, se fue directamente la pelirroja—. Ahora, quien me interesa eres tú, maldit@ perra.
La mano se enterró en el cuello con una fuerza descomunal que la hizo perder el aire, mientras este la sujetaba con los ojos inundados de la furia atroz. Una que no retenía sus impulsos.
El contacto con la carne ajena era el único ancla que lo sostenía al mundo mientras todo dentro de él se deshacía en rabia.
—Dile al Sin alma que no pudo hacer nada porque no te arrancara la tuya, como lo dijo—, presionó más fuerte.
Harper no era una prisionera. No era una víctima.
Esa hija de perra, era una estratega. Una mente igual a la suya realmente, pero mucho más sutil.
Una criatura que se disfrazaba de mártir para ocultar que ya había encendido el fósforo antes de que él siquiera notara el humo.
La furia se volvió control al repasar los hechos. Su mente evocó el momento cuando ella llegó ante él, con la cara de una derrotada pero valiente mujer. Pero no era solo eso.
Y eso desató la pólvora en sus pensamientos, incendiando por dentro. Su sonrisa fue más cruel que nunca.
—¿Qué crees que hiciste, estúpida? —murmuró, y esa vez su tono no fue inquisitivo realmente. Fue una deducción.
Fannie fue soltada como si nunca hubiera sido más que un trapo. Cayó de rodillas, hipando, mientras él caminaba hacia Harper, con una precisión tan fría que hizo que Cristóbal, aún atado, girara la cabeza, negando otra vez. Porque conocía esa mirada. Esa mirada significaba que nadie saldría intacto.
—Estuviste detrás de todo esto —la voz del portugués ya no se alzaba. No necesitaba hacerlo. Cada palabra era una bala de precisión directa al alma—. Eres más inteligente de lo que creí.
Harper alzó la mirada con lentitud. El labio partido, la herida del brazo sangrando, las piernas tensas, las muñecas marcadas por las ataduras. Y aún así, en su expresión no había miedo. Había algo mucho más venenoso.
—Para destruir un imperio —susurró ella—, hay que arrancarla desde los cimientos.
Valente dejó de caminar y sonrió.
—Eres como yo… —dijo, aunque por primera vez, lo dudó.
Ella no bajó la mirada.
—No —respondió—. Soy peor.
Y en ese instante, un disparo resonó en la espalda de Valente, el cuál se giró para ver a uno de sus hombres caer, mientras otro de los “Centinelas”, disparaba con una habilidad veloz, logrando derribar a dos más, mientras el resto alzó sus armas contra él. Sin embargo, este se escudó contra una columna de metal.
Beagle se quitó la tela que le cubría la cara, mostrando su sonrisa al ver que nadie había notado su presencia entre ellos desde el momento en que se infiltró hasta ese instante.
A un muerto nadie lo vigila. A un muerto nadie lo busca. A un muerto nadie lo recuerda. A un muerto nadie lo considera como amenaza.
Y ante todos él lo estaba. Pero había logrado seguirlos, estudiarlos, y estar entre ellos, siendo uno más, sin saber que había sido enviado por Anthony desde el instante que algunos de sus compañeros murieron. Porque no estaban dispuestos a perder a más.
que liberó a Franzua y llevó a Winifred a una zona segura, mientras ayudaba a su jefe y a sus compañeros a entrar sin ser vistos hasta el momento justo.
Ese momento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe.