—¿Dónde está Mateo?—, la pelirroja escuchaba las detonaciones desde muchas direcciones y con la frecuencia aterradora que la hizo apartar el rostro para evitar que las esquirlas la golpearan. —Sigue caminando.
Fannie no lo pensó dos veces para huir, pero que tres Centinelas cayeran de frente la hizo retroceder un segundo, siendo Harper quien la empujó contra la pared con fuerza, protegiéndola con su cuerpo.
No tenía un arma a la mano, no había una forma de huir sin darles la espalda. La prisa en sus latidos sólo revelaba el desespero que tenía por salir de esa zona, pero…
—Mira lo que tenemos aquí—, rió uno de ellos con el cañón apuntándoles. —De rodillas, hija de perra. A mí no me interesa escucharte, así que realiza el mínimo gesto que no me guste y mis balas van a saludar tus intestinos.
Fannie giró el cuello, estaba asustada, pero sabía que ponerse a llorar no era una solución.
—Ponte de rodillas—, demandó el sujeto con cabello largo—. Ahora.
Dos golpes de alguien cayendo detrás suyo les hizo darse la vuelta, pero ninguno alcanzó a hacerlo del todo cuando una serie de disparos los alcanzaron, logrando evadir las que iban a su cabeza, lanzando los propios. Beagle junto a Franzua habían llegado justo en el momento en que eran necesarios y ahora el combate entre los cuatro hombres que quedaban de pie se desató.
Los Centinelas eran una fuerza brutal en seres que no se ceñían a una sola regla de combate, pero Franzua no era fácil de derribar y Beagle menos. Las balas fueron desviadas en cada intento de acabar con ellos, los puños fueron devueltos unos tras otros, y los cuerpos chocaban como estruendos contra las paredes del pasillo angosto. El sonido de los disparos reverberaba entre el metal de los tubos y el concreto agrietado. El olor a pólvora y sangre se hacía más fuerte con cada segundo.
Franzua se lanzó con una patada directa al abdomen de uno de los Centinelas, haciéndolo retroceder unos pasos. Beagle, con una sonrisa torcida, giró sobre sí mismo, esquivando el filo de una daga que buscaba su cuello, y usó el impulso para estrellar su codo en el rostro del atacante. El crujido fue seco. Uno de los hombres cayó al suelo, pero antes de que pudiera levantarse, Beagle lo sujetó por el cuello y lo empujó con fuerza contra el piso, clavando la rodilla en su pecho.
—¿Eso es todo lo que tienes?—, se burló el Centinela ensartando un cabezazo, tomando una navaja de su bota, pero el Demon logró girarse, arrebatar y colocarle la navaja en las costillas, haciéndolo gruñir cuando el filo se hundió en la carne.
Harper, desde el otro lado, aprovechó el descuido en las armas que habían caído, apresurada en salir de ese lugar. Tomó una de las armas que había caído cerca, apuntó sin dudar y disparó. La bala impactó en la cabeza del sujeto, a quien Beagle soltó al verlo desplomarse bajo él.
El Demon se quedó quieto poniéndose de rodillas, respirando agitado.
—No es tiempo de fanfarronear—, dijo Harper revisando la carga, mientras Franzua tomaba la mano de Fannie indicando que no debía soltar el arma que sujetaba.
Beagle le lanzó una mirada rápida, jadeando, luego asintió con una mueca.
—Anotado, señora—, le dedicó un saludo militar, incorporándose.
Apenas lo hizo, un rugido subterráneo estalló en la parte superior. El techo se desgarró y trozos de concreto, vigas oxidadas y cables en llamas cayeron sin control. Beagle giró sobre su eje, tomó a Harper del brazo y la arrojó con él contra la pared, cubriéndola con su cuerpo mientras los escombros reventaban el suelo donde antes estaban parados.
La pelirroja alzó la cabeza entre el humo y el fuego. Sus pupilas se clavaron en el Demon. Este se había quedado arrodillado en el centro de todo, con una herida abierta en el brazo izquierdo, la sangre deslizándose por el guante roto.
Ella se alejó para ver cuál ruta tomar luego de cerciorarse de que Fannie estaba con Franzua. Se detuvo un segundo y miró a su antiguo guardián, antes de que todos lo creyeran muerto el mismo día que perdió a Ken.
Aún recordaba la sangre, el sonido de los disparos, el olor a sangre y la sensación al escuchar que había perdido a uno de ellos, mientras el otro era reemplazado, dejándola de nuevo sola.
—No tienes permitido sangrar más que eso—, dijo con tono gélido, mirándolo por encima del hombro.
Beagle, aún jadeando, alzó la vista. Su cuerpo se tensó, pero se repuso enderezando su espalda.
—Marek obedece esas órdenes. Espero lo mismo de ti— añadió au jefa.
El Demon parpadeó, con la respiración como fuego en sus costillas, pero al final asintió.
—Eso téngalo seguro, señora—, la siguió sin replicar nada.
Ahora ya no era la bailarina que debía cuidar de los paparazzis, sino la mujer que esperaba que no surgiera ninguna falla de su parte.
—Tenemos que sacarla de aquí—, recogió su arma de entre los escombros—. La puedo llevar con su nana.
—No me voy sin mi esposo—, Harper tiró de uno de los Centinelas muertos y sacó dos granadas que presionó en su mano—. Si quieres tenerme haciendo lo que dicta el protocolo, ubícalo y asegúrate que esté con vida.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe.