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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 246

—Buenas noches—, Aaron se hizo presente ante el grupo de oficiales que tenían el sello de su apellido estampado en las costillas, no iba por las ramas, porque la situación lo ameritaba—. Como sabrán hay algunos incidentes que llaman mucho la atención en este momento.

—Servimos a los Crown—, levantó la voz uno de ellos—. ¿Qué quiere que hagamos?

—Responder a cada llamado—, contestó el mafioso con su vista puesta en cada uno—. Y si hay un centinela herido, con posibilidades de vivir, le arranquen la esperanza. Sin delatarse frente al resto de sus compañeros. No queremos rumores alrededor de ustedes.

Todos movieron la cabeza, pues habían vendido su alma desde su primer segundo que tuvieron a uno de ellos de frente. Muchos aún no conocían la única ley que se respetaba en Manhattan, pero pronto sabrían que un Crown era el único que podía dictar las reglas.

Mientras tanto en la zona de guerra en la que se había convertido el lugar que capturaba mucha atención, Harper se detenía apenas la primera rama crujió. El aire denso le impedía ver más allá que a unos pocos metros desde ese punto, pero sabía que los estaban rodeando. La sensación de ser acechada la conocía y se sentía exactamente como en ese momento.

—No puedes ir por ella—, Lina se interpuso entre los planes de Joseph—. Nos necesitan en el aire y si dejamos nuestros lugares, esto se va al carajo.

—La última vez no estuve ahí—, se levantó de su lugar.

—Ni yo tampoco—, respondió Izan caminando a paso rápido—. No descuides tu posición, papá. Voy yo.

Joseph consideró ir hacia ese lugar, pero su sobrina tenía razón. Necesitaba cubrir lo que otros no veían, y mientras Kael junto a su equipo se dedicaban a cerrar el paso a los refuerzos en la salida de la ciudad, él se quedaba ayudando a Lina a encontrar más grupos de Centinelas que trataban de llegar con ellos.

Los Centinelas capturados eran trasladados en convoyes que se movían por las calles solitarias esa noche. Planeaban como burlar a las autoridades, sabiendo que un grupo de “sombras” iban a sacarlos de ese lugar.

Sin embargo, la explosión del primer vehículo blindado les hizo saber que no iban a una cárcel. La muerte, con la silueta de un portugués rencoroso y lleno de motivos para acabar con cada uno, iba por sus cabezas.

Boris Orlov logró que las patrullas giraran bruscamente en la autopista que había cerrado, desatando una serie de estallidos, los cuales sacudieron cada vehículo, siendo sus cazadores quienes se hicieron de la sierras que usarían.

—¡Derriben las ruedas! ¡Haganlos volcar! —ordenó Boris, y el mazo que cargaba chocó con el capó de una patrulla, abollándola como si fuera papel.

El segundo vehículo giró con violencia tras la explosión del primero. El eje delantero colapsó, y el blindado se volcó sobre su costado con un rugido metálico que desgarró el asfalto. Al rodar, arrastró un poste de luz, el cual cayó sobre la autopista y rompió una tubería que empezó a escupir vapor caliente. Chispas volaron al entrar en contacto con los metales retorcidos.

—Ninguno queda vivo—, señaló el dueño del imperio negro, avanzando con un mazo con púas sobresaliendo de su extensión más robusta, en tanto la puerta cayó, siendo dos oficiales los que soltaron disparos contra los atacantes.

Los Centinelas del segundo camión intentaron escapar por la compuerta trasera, pero los cazadores ya estaban ahí, disparando dardos y rompiendo cristales.

Los disparos de los cazadores clavaron los dardos con sonmiferos de efecto inmediato en los policías, quienes los vieron con sorpresa al no ver corriendo su sangre.

Pero ese era el acuerdo con el Mayor. No debía haber ninguno de sus hombres muerto. Y al ser un estorbo en los planes de Bora, esa era la única posibilidad.

—Caballeros y…damas—, la silueta de Boris ingresó al primer camión, mientras el segundo era abierto para Darek. —Bienvenidos a su último viaje—, murmuró mientras la linterna de uno de sus cazadores revelaba rostros furiosos al ver lo que llevaba en las manos—. ¿Cuando van a entender que si ficho a alguien, irremediablemente termina en mis manos?

Arrastró su mazo con lentitud, antes de alzarlo y estrellar el primer golpe contra la cabeza del sujeto que no tuvo tiempo ni para quejarse cuando su rostro quedó clavado entre las púas. Los demás trataron de liberarse, pero Bora iba a ejecutar, no a negociar y por ello, con una de sus botas aplastó el rostro para arrancar el mazo, elevándolo para el siguiente.

No necesita apurarse para matarlos. Sabía que el miedo y los acuerdos trabajaban por él. Y esa noche había hecho uno acuerdo con Kavanagh para sembrar terror en las calles.

Les aplastó el cráneo con sus patadas que los dejaron tirados y goteando la sangre que había salpicado toda el interior del vehículo. El camión temblaba mientras los gritos se escuchaban por todo lo alto. Afuera, la estructura colapsaba con los golpes feroces, que seguían desmembrado a los Centinelas.

Darek, sin necesidad de palabras, saltó del camión en el que había entrado hacía unos minutos. El peso de un sujeto de su tamaño se hizo más notable al caer al asfalto, con dos cabezas en cada mano, mientras su pecho y rostro salpicados dejaba claro que aún no terminaba.

Ambos sujetos escucharon metal cediendo, avisando que los demás vehículos estaban siendo abiertos. Era lo único que los movía, antes de que se desplegaran los cazadores con gas lacrimógeno y dispositivos inhibidores. Nadie disparó. Nadie suplicó. Solo el sonido de las esposas siendo abiertas con llaves universales, seguido de la caída de los cuerpos que lanzaban hacia el exterior, en donde sus jefes hacían de lo suyo.

Nunca antes se vio a albaneses y portugueses trabajando juntos, pero en ese momento no importaba clanes ni enemistades. Lo único que los movía era acabar con cada uno de los refuerzos que hacían sentir grande al infeliz que se enzarzaba en una pelea con precedentes que dejaban claro que el mundo podía irse al carajo, pero ninguno iba a dejar descansar a su contrincante.

Mateo en su ira sombría le hacía crujir los huesos, Valente con la listeza para provocar el máximo daño posible se movía cual felino tratando de volver presa a quién lo cazaba.

El estallido de la estructura metálica los hizo separarse, mientras un centinela se escabullía hacia el helicóptero.

A su vez Harper se veía rodeada de figuras que se movían a su alrededor dejando al descubierto a varios más. Ellos eran cuatro, y aunque armados, seguían en desventaja.

—Matenla—, la voz de Phiama llegó a ella avisando de su presencia—. Que no quede más que su lengua intacta, porque esa la quiero enmarcar frente a mi cama.

—Es la única forma en la que puedes presentarte ante mí—, Harper avanzó dos pasos—. Porque sola sabes que no puedes aún con el entrenamiento que presumes.

—Acaben con ellos— observó a Fannie—. Creí que Wild iba a matarte, conformista tonta, pero no te preocupes, voy a corregir eso. Los quiero a todos muertos.

Los Centinelas obedecían por el simple hecho de que sabían que eran ellos o sus propias cabezas. Porque ni siquiera un poco de respeto se ganaba como lo hizo alguien más, y su jefe tampoco se esmeraba en imponerla sobre ellos. Por lo que en cuanto se lanzaron sobre los cuatro, cortar sus cabezas era el objetivo.

Sin embargo, la serie de disparos y cuchillos que llegaron desde diferentes direcciones impidieron su avance, logrando que Harper previera sus refuerzos llegando. Y no cualquiera, eran…

Leonardo clavó un disparo contra el cuello de uno de ellos, mientras Adrián derribó a otro, rodando para desquitarse los disparos, siendo un hombre con el pulso de una bestia que desgarró con los dedos la garganta de uno de los Centinelas.

Anthony no necesitaba presentarse más que como lo que era. Esa figura temida que desgarraba piel con simples roces, moviéndose con destreza mortal. En tanto Franzua aplataba a otro contra un trozo de metal roto. Beagle tenía una misión y no iba a perderla esta vez, no cuando su muerte no se las cedería a ninguno de ellos.

Harper disparó hacia quién quería golpearla. No estaba ahí para usar sus habilidades en combate, por ello tomaba toda arma que Fannie sacaba de cadáveres y revisaba para ella. No obstante, en cuanto el cañón de un arma llegó a la cabeza de la rubia, la pelirroja también le apuntó.

—Suéltala—, ordenó Phiama con la cara mostrando las heridas antes causadas por ella—. Suéltala o ella será la primera en morir.

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