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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 247

Minutos antes…

El aire en la azotea era un horno con sus paredes apenas sosteniendo la presión, donde el polvo, la sangre y el estruendo de la batalla recién detonada se mezclaban en un silencio denso, apenas contenido por el rugido distante de helicópteros avanzando, como si el mismo apocalipsis se acercara.

Las hélices cortaban el cielo como guadañas, levantando el polvo que giraba en espirales alrededor de los dos hombres que apretaron sus puños con rabia pura. No había más que decir, ya todo se sabía del otro.

Valente dio el primer paso.

Las pequeñas rocas crujieron bajo sus botas al tiempo que sus nudillos tronaban como si anunciaran la apertura de tal contienda. Mateo no se movió sin antes quitar la tensión de su cuello, con la ira sombría en sus pupilas, no se preparó de otra forma. No necesitaba hacerlo. Dos enfrentamientos anteriores con él y cientos con otros le daba la firmeza de un obelisco maldit0, mirando de frente como si pudiera ver la furia que hervía dentro de su oponente.

Se movió en cuanto contó el tercer paso, impulsando sus pies, elevando sus brazos en cuanto Valente arremetió contra sus costillas. El impacto lo tomó de lleno, las costillas crujieron con un sonido escalofriante. Mateo retrocedió arrastrando los pies sobre el concreto rugoso sin soltarlo, el sabor metálico subió por su garganta mientras el pecho vibraba con el eco del golpe.

Pero no se quebró. Nunca lo hacía. Cuándo su mirada era la que tenía ubicado en todo momento al portugués, cerciorarse de que estaba herido no era su principal objetivo. Afirmó el agarre en cuanto dejaron de moverse y su rodilla se alzó con una precisión única, hundiéndose con toda la furia en el mismo sitio donde Valente lo había golpeado segundos antes. Sintió cómo su hueso chocaba contra hueso, músculo contra músculo, logrando escuchar el gruñido de dolor del rubio que quería liberarse, pero al no hacerlo, atrapó sus pies, lanzándolo al suelo de espaldas, forzándolo a girar con él, separándose para volver a erguirse, solo para que su encuentro fuera aún más violento.

Ambos arremetiendo contra el otro.

Valente no gritó cuando sintió su nariz fracturarse ante el inminente puño que regresó a su mandíbula, antes de que él lo atrapara y asentara su cabezazo, enviándolo hacia atrás, para luego ser quién enterrara los puños contra el rostro del mafioso. La cara le ardía y se bañaba con su propia sangre, pero quería dejarlo en las mismas condiciones. Solo que detestaba como nunca saber que el tipo fuera inmune al dolor.

Este parecía no alcanzarlo como a los demás, y aún así, Valente supo por el leve chasquido que le había fracturado algo. Pero Mateo no lo dejó siquiera disfrutar de ello, antes de impactar su hombro contra el estómago del rubio, a quién hizo caer, alzándose sobre él, clavando dos puños, recibió un rodillazo y lo siguiente que hizo no fue quejarse, si no devolver el golpe que lanzó al portugués de espaldas contra el concreto.

El aire escapó de sus pulmones como un escape de vapor descontrolado, pero no podía tomarse un descanso cuando el Sin alma se abalanzó contra él, abordándolo con puñetazos que apenas podía evadir o bloquear algunos cuantos. Ese enfrentamiento podría haber dejado inconsciente a cualquiera, pero él no se comparaba a ellos. Mateo sintió algo clavarse en sus costillas, aún así no liberó al tipo que recibió el siguiente golpe que le abrió la otra mejilla.

Ambos se incorporaron lentamente. Valente escupió la sangre de su boca. Mateo se limpió la nariz con el dorso de la mano y su mirada no se despegó del portugués a medida que se volvieron a poner de pie.

—¿Eso es todo? —masculló Valente con una sonrisa torcida, una en la que goteaba sangre desde su nariz partida y la boca rota.

Mateo no respondió. Solo lo miró mientras caminaba hacia la derecha, en círculo, estudiando sus puntos débiles como solía hacer con sus oponentes.

Esa mirada que todos temían. La del sin alma mencionado como leyenda.

—Creí que la idiota de Harper era en verdad única—, mencionó Valente sacudiendo sus hombros—. Pero sólo es una estúpida mujer enamorada más. Y a esas solo hay una forma de controlarlas.

Lo tomó del brazo con una llave rápida, lo giró sobre su eje, lo estrelló contra la baranda del helipuerto. El sonido de la carne impactando el metal se perdió entre el rotor que comenzaba a levantar viento, avisando que alguien había tomado el mando de ese helicóptero, y ese error le costó el cabezazo de Mateo que le sacudió la realidad, antes de que un puñetazo conectara contra su pecho, enseguida una patada y al final fue su espalda la que golpeó el borde del edificio. Valente se arqueó ante el impacto, pero sus dedos ya buscaban la garganta del mafioso, tan rápido como podía para presionar con la fuerza que quería usar para quitárselo de encima.

Mateo atrapó su mano antes de que lograra cerrarse por completo. Los músculos de ambos se tensaron. Era fuerza contra fuerza. Psicopatía entrenada contra una mente fría que jamás supo lo que era temer.

—Deberías elegir mejores prioridades y no sentimentalismo inútil —escupió Valente, apretando los dientes mientras el metal detrás de Mateo le desgarraba la camisa y la piel—. Menos mal habemos quienes nos evitamos esas porquerías… porque no somos tan débiles como tú.

Mateo respondió aplastándole el rostro contra la baranda en una maniobra inesperada. Le desgarró la ceja con el borde al chocar con la superficie dura, haciéndole trazar un hilo rojo hasta la mandíbula. Pero Valente lo empujó, clavando una patada directo a su tobillo, girándose para tocar su cabeza contra el borde metálico. La mejilla del mafioso soltó sangre por la piel abierta, pero él apenas se mosqueó, parecía ajeno a esa herida, pues solo el aturdimiento podía en verdad desestabilizarlo. El portugués soltó una risa. Una enferma y sucia risa. Casi infantil.

—¿Cuándo se formó la leyenda del Sin Alma? —susurró—. ¿Cuánto crees que se tardará en formarse la que relata cómo murió?

—Cuando muera, no estarás ahí para verlo—, el pelinegro se abalanzó contra él una vez más, antes de que su rabia llevara al rubio contra la esquina, enterrando puño tras puño. Valente no se quedó atrás, pero el dolor en cada sitio fracturado lo estaba volviendo lento, cosa que encendió su furia, respondiendo con una sucia maniobra que desbalanceó a Mateo, pero no lo tiró, ya que este se obligó a recuperarse rápido.

Mateo le hundió el codo en la clavícula. Sintió el hueso crujir, dislocarse bajo su golpe, y por un segundo, solo uno, Valente perdió el control de su brazo, casi dislocado por el mafioso. Su gruñido estuvo a nada de convertirse en grito.

—¡Abajo, maldit0 bastardo!—, los Centinelas que llegaro apuntaron a Mateo, ordenando que se pusiera de rodillas, amenazando con matarlo ahí mismo. Valente limpió su frente, esbozando una nueva sonrisa.

Solo que no contaban con el sujeto que se detuvo en silencio, escuchando exigencias que lo hicieron girar la mirada.

—Digamos que eso no se podrá—, dos disparos rompieron el instante, haciendo que los Centinelas se girarán.

Vladimir disparó al siguiente, retrocediendo para cubrirse del otro, mientras este veía la lluvia de balas que quería su cabeza. Aunque él no se quedaba atrás, respondiendo con la misma ferocidad.

—¿Creen que uno más va a hacer la diferencia?—, Valente sintió el interior de su boca destrozada

—Redujo a tres en menos de un minuto—, Mateo soltó burlón. Ese segundo era todo lo que necesitaba para recuperarse y no permitir que el rubio siguiera sintiéndose tan inmune a todo. Porque no lo era. Vladimir se deshacía de sus refuerzos sin contemplaciones. Uno a uno. Incluso forzando a algunos a escapar de la azotea subiéndose a la aeronave que se levantaba.

Aunque no los dejaba llegar ni a la mitad del camino, antes de derribarlos.

Vladimir soltó el rifle vacío y tomó las armas de los que había derribado, usando las balas contra ellos mismos.

Mateo tomó de nuevo por la camisa al portugués, lo arrastró y lo lanzó contra una caja de suministro. Valente rodó por el suelo, jadeando, pero aún con esa sonrisa maldit@. Esa que hacía que incluso el dolor pareciera parte de sus planes.

Se enderezó lentamente, mirando a su Centinela que se alzaba dentro del helicóptero hacerle una señal y él volvió a reír.

—Esto fue en verdad halagador—, limpió su boca—. Pero no podré quedarme… y tú tampoco.

Mateo giró el cuello con la precisión de una bestia cazadora, su mirada saltó hacia el helicóptero que comenzaba a elevarse detrás de él. Alejándose lo suficiente para que nadie de la parte inferior pudiera alcanzarlo.

Pero fue tarde.

Los destellos de los cañones automáticos ubicados en el lateral de la aeronave estallaron en una lluvia de fuego en cuanto el piloto los activó actualmente.

El sonido llegó un segundo después, un trueno mecánico que rompía el aire con zumbidos asesinos, los cuales buscaban a sus víctimas. Mateo apenas alcanzó a girar el cuerpo, lanzándose contra unas columnas de metal oxidado que recibieron las balas como si fueran un enjambre furioso. Vladimir se pegó a la pared a un lado de la puerta metálica.

Capítulo 247. 1

Capítulo 247. 2

Capítulo 247. 3

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