—¿Quienes son ustedes?—, Livia tenía el corazón en la garganta al verse rodeada de rostros que no conocía, pero debía seguir por el simple hecho de que no había una sola opción aparte de esa—. ¿No hablarán? Cuando Valente…
—No es necesario ser bruscos con la dama—, el acento ruso la hizo alzar la mirada y ver el rostro del sujeto la hizo desear no haberlo hecho. No lo conocía, pero sentía que no tenía siquiera que verlo—. Liberen sus manos. Es una invitada, no una prisionera.
El abrigo colgaba desde sus hombros, zona en la cual los diamantes decoraban la tela, mientras ese cabello oscuro caía por sus orejas. El color en su mirada hacía sentir el glacial que cada portador de ese tono podría causar.
—¿Quién es usted? —, el tipo giró el cuello para mirarla mejor, y en ese movimiento, el cuello de su camisa se desplazó lo suficiente como para revelar parte de un tatuaje. Una corona rota, apenas visible, grabada con líneas tan limpias que parecían hechas con una aguja programada para ello solamente. Debajo había un ojo cerrado, sin párpados, sin pestañas. Como si durmiera… o esperara.
Livia no supo por qué, pero ese símbolo la paralizó. Pero sintió a su hijo moverse, más que nunca.
—No hagas preguntas—, respondió él con tranquilidad, mientras ella recuperaba la compostura—. Incluso los reyes saben cuándo morderse la lengua. —hizo un gesto sutil y los sujetos se dispersaron—. ¿Quieres a tu hijo a salvo… o siendo cazado?
—Mi hijo no estará a salvo más que con su padre o conmigo—, soltó titubeante.
El tipo sonrió y ella retrocedió. Quiso huir, aunque él la tomó del brazo sin ejercer fuerza… y aun así, la inmovilizó. Se inclinó a su oído y ella dejó de respirar. Pero él sólo le susurró algo y su pecho se detuvo, mirándolo con los ojos brillando.
—¿Quién eres para asegurar que puedes hacer algo así? —repitió, esta vez más bajo. —No soy a quien necesitas. Él tiene una esposa.
El tipo rió.
—Esa es la respuesta de alguien que no sabe cuán importante es para un tipo que tiene un solo punto de destrucción—, rozó su mejilla con los nudillos, como si evaluara una joya rota. —Si tú mueres, él se rompe. Y a mí no me sirve un monstruo descompuesto.
Livia frunció el ceño, sin comprender del todo. El silencio volvió a caer, espeso como aceite. Pero él no dejó de mirarla.
—No quiero a tu hijo. No te quiero a ti. Quiero a su padre.
—Él no es un monstruo que deba enjaular.
El sujeto se giró lentamente hacia el ventanal, donde la oscuridad del mar impedía que la embarcación fuese detectada. Se detuvo allí, con las manos entrelazadas a la espalda, como si no existiera nadie más en la sala.
—Valente Bohemond no obedece. No se arrodilla. No se alía. —Su voz sonaba distinta ahora, como si hablara de una criatura mítica—. Es un monstruo imposible de controlar… salvo por una cosa.
La miró por sobre el hombro.
—Tú.
Livia se quedó sin aliento. No dijo nada. No podía.
—Si para tener a mi favor a una de las bestias más letales de esta guerra debo proteger a la debilidad que lo mantiene en control, lo haré —continuó, girando completamente hacia ella—. Lo necesito. Funcional. Violento. Y de mi lado.
Se acercó un paso más. No había amenaza en su tono. Solo un hecho consumado.
—Su gente lo sabe. No se mueven sin su voz... o la de quien carga con su legado.
—No haré lo que tú quieras. No pienso irme contra nadie, sólo por…
—No te necesito dando órdenes, sólo estando, existiendo—, su mirada se clavó en su vientre. —Así que no confundas esto con protección. Por mi parte solo estás viva por utilidad.
—¿Contra quién es esto?
—Contra quien tenga a un rey y a un diablo como gobernante de su clan—, su corazón se detuvo. Solo a alguien llamaban de esa manera.
—Dijiste que incluso los reyes evitan hacer preguntas —insistió ella—. ¿Tú eres uno?
—Yo no. —Giró apenas el rostro—. Yo soy quien los hace caer.
Livia sintió una mano sujetando su codo. De ahí no tenía salida, salvo por…
Estaba mal de la cabeza por pensar en algo así, pero era la única posibilidad y de la misma forma en la que antes consideraba esa opción, ahora tomaba fuerza. Pero primero, debía salir de ese sitio.
Se dejó guiar a través de la embarcación, sabiendo que su hijo debía ser alejado de ese entorno cuanto antes. Más que nunca. Pero Valente no aparecía y su encuentro …podría no llegar a suceder.
Algunos Centinelas se lanzaron al agua en cuanto llegaron al punto donde las partes destrozadas de una aeronave flotaban. Las luces avisaron de la presencia de más helicópteros y eso no pintaba bien para ellos.
Anthony escuchó la alerta de estar siendo atacados y las maniobras para evadir tales misiles comenzaron. Las bengalas se dispersaron atrapando las explosiones que iluminaban el cielo, antes de que en un giro violento, Adrián fuera el primero en presionar el botón para enviar el misil que rugió en medio del fuego que iluminaba su paso.
—Quiero a todos derribados—, dispuso el líder.
—Ahí está—, Johan lo detuvo al mostrar al menor de todos salir con el cabello pegado a la frente y la camisa desgarrada al frente, como si le hubieran arrancado el pecho con furia.
—Me debes una, miserable—, se echó el pelo para atrás, antes de nadar hacia dos cuerpos que se movían en el agua—. Espero que no te hayas cambiado la camisa porque no pienso andar adivinando pendejadas.
Anthony lanzaba a alguien lejos, para seguir entre los cuerpos que seguían cayendo y entorpeciendo su avance.
Ninguno sabía si era mejor que estuvieran buscando entre tanto cadáver, o en un océano tan extenso sin uno solo.
Una pierna flotaba cerca suyo y no la quiso ni ver porque sabía que su primo seguía con vida. No fue hasta que un torso envuelto en un jersey de cuello alto que lo tomó del pelo dorado para ver el rostro destrozado que apenas se le veía un ojo sin estallar. La piel estaba abierta, como si se hubiese estrellado contra un mar lleno de cristal.
—¡Aquí!—, gritó uno de sus hombres, pero la voz se apagó apenas salió, alguien lo había atacado, sin embargo otros fueron en su ayuda quitándole al Centinela que había sobrevivido al derribo del helicóptero en el que estaba.
Anthony nadó más rápido, mientras sus hombres recuperaban el cuerpo que le querían mostrar.
El cuerpo flotaba a la deriva, ladeado, con los brazos extendidos como si pidiera algo. La camisa era igual. El tipo de cuerpo también. Incluso el cabello, aunque cubierto de sangre, parecía el mismo.
Se acercaron. Nadie lo tocó más, solo lo sostenían para su jefe, el cuál no le interesó la cara de pesar de los tres mientras iba acercándose.
Harper nadaba en línea recta hacia ellos, sin escuchar, sin frenar, pues su mente sólo repetía que posiblemente…
Beagle la llamó. Marek también. No los oyó, siguió lanzando brazadas, con la mente nublada y el corazón doliendo.
Anthony fue el primero en llegar.
No preguntó. No tembló. Solo se inclinó.
El cadáver tenía el rostro partido. O lo que quedaba de él. El cuello doblado y con partes al descubierto. El pecho hundido con vértebras resaltando sobre la piel. Tres heridas de bala en la pierna y abdomen que aún soltaban sangre.
Pero eso no era lo que le importaba.
Lo tomó por la muñeca. Levantó la mano hasta verla completa.
Revisó dos cosas en él y lo soltó con el veredicto que Harper no podía escuchar, pero la hizo avanzar mas para poder hacerlo al ver su gesto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe.