Mover a un hombre que se está muriendo no es como en las películas, pesa mucho, se te escurre de las manos; León sentía que los brazos le ardían mientras ayudaba a dos de los guardias rusos a cargar a Konstantin por el pasillo, el viejo no se quejaba, pero hacía un ruido al respirar que ponía los pelos de punta, como si tuviera agua hirviendo en el pecho.
—¡A la habitación del fondo! —gritó el doctor Hoffman, corriendo delante con el maletín abierto, tirando gasas al suelo por las prisas.
Entraron en la habitación de invitados e irónicamente era la misma habitación que Konstantin había mandado equipar con máquinas para el embarazo de Nuria. Ahora el monitor cardíaco y el oxígeno iban a usarse para intentar que él no se ahogara en su propia sangre.
Lo tumbaron en la cama con sábanas limpias, en dos segundos, las sábanas ya no eran blancas.
—¡Córtenle la camisa! —ordenó Hoffman—. ¡Necesito ver la entrada!
Nuria entró detrás de ellos tropezando. Llevaba el vestido de novia manchado de tierra y de rojo oscuro desde la cintura hasta las rodillas, se quedó parada en el marco de la puerta, con las manos temblando tanto que se agarraba el estómago para que pararan.
—Papá… —susurró.
Hoffman la miró un segundo, con la cara empapada de sudor.
—Sácala de aquí León, no puede ver esto.
—¡No me voy! —gritó ella, dando un paso adelante—. ¡Es mi padre!
—¡Nuria, por favor! —León la agarró por los hombros y la empujó suavemente hacia el pasillo—. Están intentando salvarlo, si te quedas estorbas. ¡Vete con Alex!
—¡Se puso delante, León! —Nuria lo miró con los ojos muy abiertos, en shock—. Iba a darme a mí, apuntó a la tripa y él se puso delante.
—Lo sé, lo sé. —León la abrazó fuerte un segundo, manchando su propio traje—. Ve con tu madre y con el niño, Adrián está con ellos en la cocina, es el lugar más seguro ahora mismo, yo me quedo aquí.
Nuria asintió aturdida y se fue caminando despacio por el pasillo, dejando un rastro de huellas sucias en la alfombra cara.
León cerró la puerta y se volvió hacia la cama, el olor a sangre y a pólvora era insoportable.
Konstantin tenía los ojos abiertos, mirando al techo, el doctor Hoffman presionaba una compresa sobre el agujero en su pecho, la sangre salía a borbotones cada vez que el corazón latía.
—La bala ha tocado algo importante —dijo Hoffman en voz baja, sin dejar de trabajar—. La presión está cayendo en picado.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo León—. Si se muere en mi casa el día de mi boda, te juro que mi mujer se muere, no lo soportara.
Estefany estaba sentada en el suelo de la cocina abrazada a Alex, el niño no lloraba, estaba muy quieto, con los ojos muy abiertos, mirando la puerta. Bruno Vane estaba de pie junto a la ventana, con una pistola en la mano que nadie sabía que llevaba, vigilando el jardín humeante.
Adrián el jefe de seguridad de León, entró por la puerta de servicio arrastrando a uno de los camareros del catering, lo tiró contra la nevera, el camarero un chico joven con acné, estaba llorando.
—¡Dímelo otra vez! —le gritó Adrián.
—¡Yo no sabía nada! —lloraba el chico—. ¡Me pagaron quinientos euros!
Nuria entró en la cocina en ese momento, al ver la escena se detuvo.
—¿Qué pasa?
Adrián se giró, tenía la cara manchada de hollín.
—Ya sabemos cómo entró Rafael señora, no saltó el muro, entró por la puerta grande.
Señaló al camarero.
—Este imbécil le vendió su uniforme y su pase de seguridad a un señor mayor en el parking de la empresa de catering esta mañana, dice que el hombre le dijo que quería darle una sorpresa a su hija en la boda.
Nuria miró al chico, era apenas un adolescente.
—¿Una sorpresa? —dijo ella, con la voz hueca—. ¿Te pareció normal que un hombre sucio y desesperado quisiera entrar a trabajar en una boda?
—Me dio quinientos euros… —repitió el chico, temblando—. Y me dijo que se escondería en la camioneta de los postres, yo no sabía que llevaba gasolina.
Bruno Vane soltó una risa seca desde la ventana.
—Trae… —Konstantin tragó saliva—. Trae a las chicas y al abogado, rápido.
León asintió y salió al pasillo, Adrián estaba allí.
—Que venga Nuria y Estefany. Y dile a Bruno que traiga los papeles ahora.
Adrián vio la cara de León y no preguntó, corrió hacia la cocina.
León volvió a entrar, se quedó mirando al hombre que había invadido su casa, controlado su vida y criticado su café, el hombre que acababa de recibir un balazo destinado a su mujer embarazada.
—No te mueras todavía, viejo cabrón —susurró León—. No tienes permiso para morirte en mi casa.
Konstantin intentó sonreír, pero solo le salió una mueca de dolor.
—Es mi casa… yo pagué la hipoteca… recuérdalo.
León soltó una risa triste, hasta muriéndose debía tener la última palabra.
—Vale es tu casa, pero aguanta, tu hija ya viene.
En el pasillo se oyeron pasos rápidos, Nuria entró corriendo seguida de Estefany y Bruno. Al ver a su padre conectado a los tubos y lleno de sangre, Nuria se frenó en seco, se llevó las manos a la boca para no gritar.
—Acércate —dijo León, dejándole sitio—. Te está esperando.
Nuria caminó hacia la cama como si el suelo estuviera hecho de cristal, se arrodilló al lado de la cabecera, sin importarle mancharse más el vestido.
—Papá…
Konstantin giró la cabeza, la miró y por primera vez desde que llegó a sus vidas, no había cálculo en su mirada, no había estrategia, solo había un padre mirando a la hija que casi no conoció.
—Hola, princesa —susurró—. Vaya desastre de boda… ¿eh?

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