El monitor cardíaco marcaba un ritmo irregular, que ponía los nervios de punta a todos los presentes.
Konstantin no estaba pálido sino de ese color ceniza que se le pone a la gente cuando la vida se les escapa por los pies. Respiraba haciendo un ruido feo, como si tuviera agua hirviendo en el pecho, cada vez que cogía aire, hacía una mueca de dolor que intentaba disimular, pero no engañaba a nadie.
—Bruno... —graznó, buscando al abogado con la mirada.
Bruno Vane se acercó a la cama. Llevaba una carpeta azul bajo el brazo y por primera vez, no tenía esa sonrisa de suficiencia en la cara, parecía un niño asustado en un funeral.
—Estoy aquí, señor Petrov.
—Los papeles... —Konstantin tosió y una mancha roja se extendió por la comisura de sus labios. León se adelantó para limpiarle con una toalla, pero el viejo le apartó la mano con debilidad—. Ahora no, los papeles.
Bruno abrió la carpeta sobre la mesita de noche, apartando gasas manchadas de sangre. Sacó una pluma.
—Está todo redactado como pidió ayer señor, fideicomiso ciego para Alex y el bebé. Propiedades a nombre de Nuria, la cuenta de Zúrich para Estefany, usted solo tiene que firmar aquí.
Konstantin intentó levantar la mano derecha, pero le temblaba tanto que no podía sostener la pluma, gruñó de frustración, era un hombre que había movido millones con un gesto y ahora no podía ni escribir su nombre.
—Ayúdame —le ordenó a León.
León se acercó, le puso la mano firme sobre la temblorosa y guió la pluma sobre el papel. La firma salió torcida, un garabato ilegible, pero legal. Konstantin soltó la pluma y se dejó caer contra la almohada, agotado, como si hubiera corrido una maratón.
—Ya está —susurró—. Todo es suyo, que nadie... que nadie les quite nada.
Bruno recogió los documentos rápido, como si quemaran y se retiró a un rincón, bajando la cabeza.
Konstantin giró la cabeza despacio hacia el otro lado de la cama.
—Estefany...
La madre de Nuria se acercó, tenía los ojos hinchados, pero no lloraba. Estaba de pie digna, mirando al hombre que había amado y odiado durante treinta años, le cogió la mano fría.
—Estoy aquí, Konstantin.
—Perdóname... —La voz le salía en un susurro—. Por no volver, por dejarte sola con ese animal, pensé... pensé que hacías tu vida.
—Lo sé —dijo Estefany suavemente, apretándole los dedos—. Fuiste un idiota, pero hoy no, hoy has salvado a mi hija así que estamos en paz.
Konstantin esbozó una media sonrisa que le llegó a los ojos, aunque la boca le dolía demasiado.
—Siempre fuiste... la más guapa de la fiesta.
Estefany soltó un sollozo ahogado y le besó la mano, pegándosela a la mejilla mojada. Se apartó para dejar sitio a Nuria, porque sabía que el tiempo se acababa.
Nuria se arrodilló en el suelo, sin importarle que el vestido de novia, que valía una fortuna, se empapara de la sangre que goteaba de las sábanas, le acarició la cara a su padre.
—Papá... no te vayas.
—No... —Konstantin negó levemente—. Ya es tarde, princesa.
Nuria lloraba en silencio, con lágrimas gordas cayendo sobre la camisa rota de él.
—Ni siquiera te conozco bien, acabas de llegar, no es justo.
—Me conoces... —dijo él, respirando con mucha dificultad—. Soy el que te quiere eso es todo... lo que importa.
Konstantin bajó la mirada hacia el vientre de Nuria e intentó levantar la mano para tocarlo, pero no tenía fuerza, Nuria lo entendió, le cogió la mano y se la puso sobre la tripa.
El doctor Hoffman se acercó y apagó la máquina, el silencio que quedó fue peor que el ruido. Nuria levantó la cabeza, miró a su padre, ya no parecía un mafioso temible, parecía un hombre mayor, cansado, que se había quedado dormido en una cama que no era la suya.
—¿Papá?
León la abrazó fuerte, levantándola del suelo porque las piernas le fallaban.
—Se ha ido mi amor, se ha ido.
Nuria gritó, fue un grito desgarrador, de esos que salen de las entrañas, lleno de rabia y dolor, se aferró a la camisa de León y lloró hasta que le faltó el aire.
Estefany se acercó a la cama y le cerró los ojos a Konstantin con suavidad. Le arregló el pelo plateado, quitándole un mechón de la frente.
—Descansa, ruso cabezota —susurró Estefany—. Ya has hecho bastante.
Bruno Vane guardó la pluma en su bolsillo y se limpió una lágrima discreta. Era un mercenario, pero respetaba a quien pagaba con su vida.
León miró el cuerpo de su suegro, hacía una hora le estaba gritando por poner seguridad en el jardín, ahora ese hombre le había salvado la vida a su mujer y a su hijo no nacido. Se prometió a sí mismo, allí de pie con el olor a muerte en la nariz, que cumpliría su palabra. Esa casa dejaría de ser una fortaleza y volvería a ser un hogar, pero antes, tenía que enterrar al hombre frente a él.
—Adrián —dijo León, girándose hacia la puerta donde estaba el jefe de seguridad con la cabeza baja.
—¿Señor?
—Prepara el traslado, no quiero policía, no quiero autopsias forenses, no quiero prensa. Él odiaba a los periodistas, llama a sus contactos, lo enterraremos aquí en Andraka y en el cementerio familiar.
—Sí, señor.
León sacó a Nuria de la habitación, tapándole los ojos para que no viera cómo cubrían el cuerpo con la sábana. La boda había terminado y el funeral acababa de empezar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA