El Maybach negro se detuvo frente a la escalinata de mármol del exclusivo Club de Campo de Puerto Andraka. Nuria miró por la ventanilla tintada, afuera, bajo el sol del mediodía, se paseaba la flor y nata de la ciudad: esposas de políticos, empresarios, herederos aburridos, el mismo círculo social que la había juzgado durante años por no ser lo suficientemente delgada, lo suficientemente astuta o lo suficientemente "Armand".
Sintió que el estómago se le revolvía.
Respira —la voz de León a su lado fue una orden tranquila.
Nuria se giró para mirarlo, León estaba espectacular. Se había cambiado el traje de oficina por uno azul marino hecho a medida, sin corbata, con el cuello de la camisa blanca abierto, proyectando una imagen de elegancia relajada pero letal.
Pero era ella quien había cambiado más.
Llevaba un vestido midi de color rojo carmesí, no era holgado, era un diseño estructural que abrazaba su torso, marcaba su cintura de avispa y caía sobre sus caderas con una fluidez pecaminosa, el escote cuadrado realzaba su pecho sin mostrar demasiado, sugiriendo un volumen que hacía que los hombres tragaran saliva, sus labios estaban pintados del mismo rojo sangre.
Tengo miedo —confesó ella, apretando su bolso de mano—. Están ahí, mi padre, Gael e Irene.
León extendió la mano y cubrió la de ella, que descansaba sobre su muslo.
No tengas miedo de los insectos, Nuria. Tú eres la que lleva el insecticida. —Apretó suavemente—. Recuerda: barbilla alta, no mires al suelo, míralos a los ojos y deja que se pregunten cómo es posible que la "mujer loca y gorda" se vea como una estrella de cine.
¿Y si Gael intenta llevarme?
Si Gael te toca un solo pelo —dijo León, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—, romperé su otra mandíbula frente a toda la sociedad de Andraka. ¿Lista?
Nuria respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma a cuero y a León.
El chófer abrió la puerta.
León bajó primero, se abrochó el botón de la chaqueta y se giró para tenderle la mano. Cuando Nuria salió del coche, el flash de una cámara escondida entre los arbustos disparó, la prensa ya estaba ahí.
Nuria tomó el brazo que León le ofrecía, su bíceps era duro como una roca bajo la tela fina.
Subieron la escalinata. El portero, un hombre que conocía a Nuria desde hacía años y que siempre la había mirado con lástima, abrió los ojos como platos al verla.


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