Gael se detuvo en seco, mirando a su tío con odio y miedo, recordó el puñetazo de la mañana.
Tío, apártate —siseó Gael—. Es mi mujer, está enferma, mira cómo va vestida… de rojo, como una…
¿Como una mujer libre? —interrumpió León—. Se ve preciosa, Gael, mucho mejor que cuando la vestías con sacos para esconder lo que no sabías apreciar.
Rafael Alcázar intervino, golpeando la mesa con el puño.
¡Basta de este espectáculo! —bramó su padre—. Nuria, vienes con nosotros ahora mismo, tienes una cita con el psiquiatra y deja de avergonzarnos exhibiéndote con el tío de tu marido. ¡Pareces una ramera!
El insulto resonó en el salón.
Nuria sintió las lágrimas picar, la vieja costumbre de obedecer a su padre tirando de ella, pero entonces sintió la mano de León soltar su brazo y deslizarse hasta su cintura, atrayéndola contra su cuerpo, marcando territorio frente a todos.
Cuidado con tus palabras, Rafael —advirtió León con una suavidad aterradora—. Estás hablando de mi protegida y estás hablando de una futura accionista mayoritaria de tu propia empresa si sigues por ese camino.
Rafael palideció.
Ella es mi hija.
Y tú le cerraste la puerta en la cara cuando te pidió ayuda —replicó Nuria. La fuerza de su propia voz la sorprendió—. Me dejaste en la calle papá, creíste a este mentiroso —señaló a Gael— antes que a tu propia sangre.
¡Nuria, estás delirando! —chilló Irene, incapaz de soportar que Nuria fuera el centro de atención—. ¡Gael te ama! ¡Solo quiere ayudarte! ¡Todos sabemos que te fuiste con un desconocido!
Nuria miró a su ex mejor amiga, vio los huesos marcados en su escote, la piel estirada, la maldad en sus ojos y por primera vez, no sintió envidia, sintió pena.
No me fui con un desconocido, Irene —dijo Nuria, y una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios rojos—. Me fui con un hombre, un hombre de verdad, algo que tú nunca tendrás mientras te conformes con mis sobras.
Un murmullo de shock recorrió el restaurante. "Sobras". Nuria acababa de llamar a Gael "sobra" en público.
Gael estaba temblando de furia.
¡Tío, entrégamela! —exigió Gael—. ¡Estás cometiendo un delito! ¡Es secuestro!
Nuria está aquí por su propia voluntad —declaró León, elevando la voz para que todo el club lo escuchara—. Y quiero dejar algo muy claro a todos los presentes.
León paseó su mirada gris por el salón, desafiando a cualquiera a contradecirlo.
¿Viste su cara? —Nuria soltó una risa nerviosa—. ¿Viste la cara de Irene cuando le dije lo de las sobras?
La vi y fue poético.
León se aflojó la corbata y la miró, el aire en el coche cambió y la euforia de la batalla dio paso a otra cosa, hambre.
Te prometí algo esta mañana —murmuró León, deslizando su mano por el muslo de ella, subiendo la tela del vestido rojo—. Te prometí que celebraríamos tu victoria sobre la mesa de la cocina.
Nuria sintió que el calor se encendía en su vientre.
Estamos en el coche —susurró ella, mordiéndose el labio.
El trayecto dura veinte minutos —dijo León, acercándose a ella hasta que sus labios rozaron—. Y no creo que pueda esperar a llegar a la cocina.
Nuria agarró las solapas de su chaqueta y lo atrajo hacia sí.
Entonces no esperes.

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