El convoy que salió de la Torre Armand Holdings no se parecía en nada al elegante transporte de la mañana, ahora eran tres camionetas blindadas negras, escoltando al Maybach en el centro, moviéndose por la autopista costera.
Dentro del coche, el silencio era denso.
Nuria estaba sentada rígida, mirando sus manos entrelazadas sobre el regazo, no podía dejar de temblar cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen que Adrián le había mostrado en su teléfono: el coche que la esperaba en la salida del parking, convertido en un amasijo de hierros retorcidos contra un muro de hormigón.
El asiento del copiloto, donde ella debería haber estado sentada, había desaparecido, aplastado por el impacto del camión.
Habría muerto en el acto —susurró, rompiendo el silencio.
León, que había estado tecleando instrucciones furiosas en su teléfono, se detuvo, guardó el móvil y la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia su pecho con una fuerza que rozaba lo doloroso.
No pienses en eso.
No puedo evitarlo, León. —Nuria apoyó la cabeza en su hombro, oliendo su colonia para anclarse a la realidad—. Si no me hubieras entretenido hablando de los terrenos… si hubiera bajado dos minutos antes… ahora sería una mancha en el asfalto, Gael sería viudo y rico.
León le agarró la barbilla y la obligó a mirarlo, sus ojos grises eran tormentosos, pero no había miedo en ellos, solo una determinación asesina.
Pero no bajaste, estás aquí, estás viva y estás conmigo. —León le besó la frente con ferocidad—. El destino, Dios o el diablo te quieren viva y yo me voy a encargar de que sigas así.
El convoy cruzó las puertas de hierro de La Fortaleza, esta vez había hombres armados patrullando el perímetro de los acantilados, la casa ya no era solo una mansión de lujo; era un búnker inexpugnable.
Al bajar del coche, el viento del mar golpeó la cara de Nuria, trayendo sal y frío, León no la soltó ni un segundo, la guió al interior, donde Ágatha y el equipo de seguridad doméstica ya estaban en alerta máxima.
Cierren todo —ordenó León a Adrián, que acababa de bajar de la camioneta de escolta—. Quiero el protocolo de Nivel 1, sensores de movimiento, cámaras térmicas y guardia doble en la entrada, si una gaviota se acerca demasiado a la ventana de Nuria, quiero saberlo.
Sí, señor.
León llevó a Nuria directamente al dormitorio principal, no a la habitación de invitados sino a la suya.
Te quedarás aquí —dijo él, cerrando la puerta y bloqueándola.
¿Qué vamos a hacer? —preguntó—. Gael sabe que ha fallado, estará desesperado.
Exacto y un hombre desesperado comete errores. —León se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata, tirándolas sobre una silla—. Gael ha cruzado la línea, intentar matarte ya no es un asunto civil, es criminal, pero no voy a dejar que la policía lo maneje sola, la justicia es lenta, y yo no tengo paciencia cuando tocan lo que es mío.
León caminó hacia el mueble bar de la habitación y sirvió dos vasos de agua, se acercó a ella y se arrodilló entre sus piernas, ofreciéndole el vaso.
Bebe estás pálida.
Nuria bebió, sintiendo el agua fresca bajar por su garganta seca, miró a León, arrodillado ante ella como un devoto y un guardián al mismo tiempo.
Tengo miedo no por mí… tengo miedo de lo que tú puedas hacer. —Le acarició la mejilla, sintiendo la tensión en su mandíbula—. Dijiste que ibas a cazar, no quiero que te conviertas en un asesino por mi culpa.
León tomó la mano de ella y besó la palma, sus labios calientes contra su piel fría.
Yo ya soy muchas cosas oscuras, pero no te preocupes, no voy a mancharme las manos de sangre a menos que sea estrictamente necesario, hay formas peores de destruir a un hombre que matarlo.
Se puso de pie y sacó su teléfono de nuevo.

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