La mañana amaneció despejada sobre Puerto Andraka, pero el humor de León Armand era una tormenta eléctrica. Caminaba por el pasillo de la planta 50 con su séquito habitual de abogados y asistentes siguiéndole el ritmo frenético.
Quiero saber quiénes son —ladró León sin detenerse—. Phoenix Capital, una empresa fantasma con sede en Zúrich que aparece de la nada y tiene la audacia de presentar una contraoferta por mi
Señor —dijo Adrián, leyendo de una tablet mientras intentaba no tropezar—, el registro mercantil es hermético. El CEO visible es Matteo Ross, heredero naviero italiano, dinero viejo, reputación de playboy, pero con un historial de inversiones agresivas en los últimos tres años.
Un niño rico jugando a ser banquero —desestimó León con desprecio—. Ross es la cara bonita, quiero saber quién pone el cerebro.
Llegaron a la puerta doble de caoba de la sala de juntas, León se detuvo y se ajustó el nudo de la corbata, se miró en el reflejo del cristal y vio al Lobo, vio al hombre que había devorado a la competencia local y que tenía a los Vólkov comiendo de su mano mientras afilaba el cuchillo para degollarlos.
Un par de suizos no iban a quitarle su proyecto, el Puerto Ecológico era lo único limpio que le quedaba, lo único que quería construir en memoria de la mujer que amaba, aunque nadie lo supiera.
Vamos a acabar con esto rápido —dijo León—. Tengo una reunión con el alcalde a las doce.
Adrián abrió las puertas y León entró con esa energía depredadora que hacía que el aire de la habitación cambiara de presión, en el otro extremo de la inmensa mesa de cristal un hombre se levantó.
Matteo Ross era irritantemente guapo, traje italiano azul marino, sin corbata, mocasines de ante y una sonrisa relajada que contrastaba con la tensión del edificio Armand.
Señor Armand —dijo Matteo, extendiendo la mano con una confianza casual—. Un placer conocer a la leyenda. Matteo Ross.
León ignoró la mano extendida y se sentó en la cabecera de la mesa, indicó a sus abogados que hicieran lo mismo y miró a Matteo con frialdad.
No he venido a hacer amigos, señor Ross. He venido a decirle cuánto le va a costar retirarse de la licitación del puerto.
Matteo no se inmutó, retiró la mano con elegancia y se volvió a sentar cruzando las piernas.
Directo al grano, me gusta, pero me temo que está mal informado. —Matteo usó su nombre de pila deliberadamente, una falta de protocolo calculada—. Phoenix Capital no está en venta y no nos vamos a retirar, nuestro proyecto es mejor, más barato y sostenible y el alcalde lo sabe.
El alcalde hará lo que yo diga —dijo León, con voz suave y peligrosa—. Esta ciudad es mía y usted es un turista, si insiste en esta guerra, señor Ross, voy a encargarme de que sus activos en Italia sean auditados hasta que no le quede ni para la gasolina de su Ferrari.
Matteo soltó una carcajada genuina.
Vaya la fama le precede, es usted tan encantador como dicen. —Matteo se inclinó hacia adelante, perdiendo la sonrisa—. Pero yo solo soy el director ejecutivo, yo ejecuto órdenes, pero la estrategia… la estrategia viene de arriba.
León frunció el ceño.
¿De quién?
De mi socia mayoritaria y la fundadora de Phoenix, ella es la que tiene el interés especial en Andraka, yo solo soy la cara bonita como seguramente le dijo su asistente en el pasillo.
León sintió una punzada de irritación, odiaba los juegos.
Pues dígale a su socia que venga ella misma a negociar su rendición, no pierdo el tiempo con mensajeros.
No se parecía a Nuria, Nuria era suave, castaña, tímida, con curvas que siempre intentaba ocultar y en cambio esta mujer era hielo, ángulos, delgadez atlética y una postura regia.
Y sin embargo…
León sintió que el corazón se le paraba en el pecho, dejó de respirar y se puso de pie lentamente como si una fuerza invisible tirara de él, sus ojos clavados en ella, era la forma de la boca, la línea de la mandíbula y sobre todo era la forma en que ella lo miró, no había miedo ni admiración, había un odio tan frío y profundo que quemaba a distancia.
La mujer caminó hasta el otro extremo de la mesa se paró junto a Matteo y dejó su maletín de piel de cocodrilo sobre el cristal con un golpe seco, se quitó las gafas lentamente, revelando unos ojos marrones que León había visto en sus sueños y en sus pesadillas durante cinco años, unos ojos que él creía que se habían convertido en ceniza en una carretera costera.
León abrió la boca, pero no salió ningún sonido, su cerebro gritaba: "Imposible". Su corazón gritaba: "Es ella".
La mujer levantó la barbilla sosteniendo su mirada con una arrogancia que desafiaba a los dioses.
Buenos días, señor Armand —dijo ella. Su voz era diferente, más grave, modulada, con un acento cosmopolita indescifrable, pero el timbre le golpeó como un disparo—. Soy Valeria y he venido a quedarme con su ciudad.
León se aferró al borde de la mesa porque las piernas le temblaban, no podía ser, estaba muerta, él la había enterrado, pero el fantasma estaba allí de carne y hueso, oliendo a perfume francés y venganza, mirándolo como si él fuera el insecto que estaba a punto de aplastar.
¿Quién eres? —logró susurrar León, ronco.
Ella sonrió, una sonrisa sin alegría, una sonrisa de tiburón.
Soy su peor pesadilla, ¿Empezamos?

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