León la acorraló contra la pared de espejos y puso sus manos a ambos lados de la cabeza de ella, atrapándola, estaba tan cerca que podía olerla.
Deja de jugar —susurró León. Su respiración agitada golpeaba el rostro de ella—. Mírame y dime que no eres tú.
No sé de qué me habla —dijo ella, sosteniendo su mirada con una frialdad glacial—. Quítese de en medio.
Moriste —dijo León y su voz se rompió, dejando ver por un segundo al hombre destrozado bajo el traje—. Te vi en esa caja de cenizas y llevo cinco años muerto por ti, cinco años respirando solo para vengarte y ahora entras en mi oficina, vestida como una extraña ¿y finges que no me conoces?
Valeria sintió una punzada en el pecho, lo estudio y se veía genuino su sufrimiento, pero luego recordó la boda, recordó el beso con Katya y ver a Rafael en primera fila.
El odio volvió a endurecer su corazón como cemento.
Suena a una historia trágica —dijo Valeria con sarcasmo—. Pero se equivoca de mujer, yo no soy su "Nuria" y francamente por lo que he leído en la prensa sobre cómo trata a sus mujeres… me alegro de no serlo, dicen que su esposa rusa vive un infierno. ¿Quiere añadirme a su colección de víctimas?
La mención de Katya hizo que León apretara los dientes.
No me provoques, dé que eres tú puedo sentirlo, no soy estúpido.
León bajó la mirada a los labios de ella, esos labios que había besado mil veces sin pensarlo, sin pedir permiso, acortó la distancia, necesitaba probarla, necesitaba saber si el sabor era el mismo. Valeria vio la intención, podría haberlo empujado, podría haberle dado una bofetada, pero no lo hizo, se quedó inmóvil rígida como una estatua.
León rozó sus labios con los suyos, fue un contacto suave, desesperado, hambriento, esperaba que ella se derritiera, que el cuerpo recordara, pero Valeria no respondió, no abrió la boca ni cerró los ojos, solo se quedó allí, fría, inerte, dejando que él besara una pared de hielo.
León se separó, jadeando, frustrado.
¿Por qué? —murmuró—. ¿Por qué me haces esto?
Valeria lo miró con un asco tan profundo que León retrocedió un paso.
¿Ha terminado ya de violar mi espacio personal, señor Armand? —preguntó ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano como si él fuera algo sucio—. Porque si ha terminado voy a reactivar este ascensor y si vuelve a tocarme, le juro que Phoenix Capital no solo se quedará con su puerto, me quedaré con su empresa, con su casa y hasta con el último centavo que tiene, lo dejaré en la calle, desnudo y solo.
¿Al cementerio? ¿Para qué?
Lleva a un equipo forense privado, compra al guardia y haz lo que tengas que hacer, pero quiero que abras la tumba de Nuria Alcázar.
¡ME IMPORTAN UNA M****A LOS HUESOS! —rugió León, golpeando la pared del ascensor con el puño hasta hacerse sangre—. ¡Exhúmalos! ¡Quiero pruebas de ADN nuevas! ¡Quiero saber a quién demonios he estado llorando durante cinco años, porque te juro por mi vida… te juro que la mujer que acaba de salir de aquí es ella!
Colgó el teléfono.
León se miró en el espejo del ascensor, tenía los ojos inyectados en sangre y una sonrisa de loco empezaba a formarse en sus labios.
Si estás viva Nuria… —susurró—. Si estás viva y me has hecho pasar por esto… vas a desear haber muerto de verdad.

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