La luz fluorescente zumbaba sobre la mesa de acero, pero dentro de esa sala fría una mentira de cinco años acababa de ser descubierta.
León Armand sostenía el informe que el forense jefe acababa de imprimir, sus manos no temblaban, pero sus nudillos estaban blancos por la presión.
Sea claro doctor —ordenó León.
No hay coincidencia señor Armand. —El médico señaló los gráficos de ADN—. La compatibilidad es del 0%. Los restos exhumados pertenecen a dos mujeres de origen caucásico, pero la estructura ósea y dental no coincide con los registros médicos de Nuria Alcázar ni de su madre, las víctimas del accidente eran desconocidas.
León cerró los ojos, el aire salió de sus pulmones en un suspiro largo, casi doloroso.
Durante cinco años había visitado una tumba, durante cinco años había permitido que la culpa le devorara las entrañas y durante cinco años había muerto en vida.
Y ella estaba viva.
Abrió los ojos, ya no había dolor en ellos, había un fuego oscuro, una mezcla de alivio eufórico y una furia homicida.
Está viva —susurró. Una risa baja, oscura y peligrosa, empezó a brotar de su garganta—. La muy maldita está viva.
Adrián lo miró con precaución.
Señor… ¿qué hacemos? ¿Llamamos a la policía por fraude? Fingir su propia muerte es…
¡Nadie llama a nadie! —León rompió el informe en pedazos lentos y metódicos—. Ella quería desaparecer, quería que yo creyera que estaba muerta para huir de mí. Me odia tanto que prefirió borrar su existencia antes que dejarme explicarle la verdad.
Tiró los papeles a la basura.
Muy bien Valeria. ¿Quieres jugar a ser una extraña? Jugaremos.
¿Cuál es el plan, señor? —preguntó Adrián.
Acepta la oferta de Phoenix Capital, diles que quiero firmar el acuerdo, pero no en la oficina.
¿Dónde entonces?
En La Fortaleza. —León sonrió y fue una sonrisa de depredador—. Katya está en Milán con su amante, la casa está vacía y es el escenario perfecto, quiero verla entrar en la casa de la que huyó, quiero ver si es capaz de mirarme a los ojos en el mismo salón donde me juró amor eterno y seguir mintiendo.
Señor, el socio italiano Matteo Ross… él vendrá también.
La sonrisa de León desapareció reemplazada por una frialdad gélida.
Que venga, quiero ver cómo se comporta con ella, quiero saber si ese italiano ha tocado lo que es mío.
Valeria estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, ajustándose un vestido negro de espalda descubierta.
Matteo entró en la habitación abrochándose los gemelos de la camisa.
Acaba de llegar la confirmación —dijo Matteo—. León acepta la reunión, pero ha cambiado la ubicación.
Valeria se tensó.
¿A dónde?
A su residencia privada. La Fortaleza. Dice que prefiere un ambiente "íntimo" para cerrar el trato, aprovechando que su esposa está de viaje en Europa.
Valeria sintió que la sangre se le helaba. La Fortaleza. La casa de los recuerdos, el lugar donde concibió a Alex, el lugar donde fue feliz y donde fue destruida y para colmo iba a estar sola con él… sin Katya.
Es una trampa —dijo Valeria, aplicándose el pintalabios rojo sangre—. Quiere ponerme nerviosa, quiere ver si me quiebro al entrar en su territorio.
Es una casa grande para un hombre solo, señor Armand —dijo ella, finalmente dándole la mano. Su piel estaba fría; la de él ardía.
Mi esposa viaja mucho —respondió León, sin soltarla, apretando sus dedos un poco más de lo necesario—. Y a veces la soledad es necesaria para ver las cosas con claridad.
Valeria sintió el doble sentido como una bofetada, pero no parpadeó, retiró su mano con suavidad.
Matteo —dijo ella, girándose hacia su amigo y dándole la espalda a León deliberadamente—, ¿me ayudas con el escalón? Estos tacones son traicioneros.
Matteo se adelantó rápido, ofreciéndole el brazo.
Siempre, cara.
León vio la interacción, vio la familiaridad, el apodo cariñoso, vio cómo Valeria se apoyaba en él buscando seguridad y apretó la mandíbula tan fuerte que le dolió.
Pasen —dijo León, haciéndose a un lado, invitándolos a entrar en la boca del lobo—. La cena está servida y tengo muchas preguntas para ustedes, especialmente para usted, Valeria.
Entraron en el vestíbulo, el olor de la casa golpeó a Valeria, tuvo que contener la respiración para no marearse. León cerró la puerta principal detrás de ellos.
Estaban dentro y León Armand no tenía ninguna intención de dejarlos salir sin sacar la verdad a la luz, aunque tuviera que destrozar al italiano para conseguirla.
Por aquí —dijo León, guiándolos hacia el comedor—. Espero que les guste el risotto, es una receta especial, solía prepararlo para alguien que amaba mucho… antes de que me traicionara.
Valeria se tensó, pero Matteo le apretó el brazo.
El risotto es un plato difícil, señor Armand —dijo Matteo, desafiante—. Si no se tiene paciencia, se quema.
Yo tengo mucha paciencia, señor Rossi —dijo León, girándose para mirarlos con ojos de depredador—. He esperado cinco años para esta cena, no se me va a quemar nada.

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