La lluvia había cesado dejando un cielo gris sobre Puerto Andraka.
León estaba de pie frente al ventanal con las manos en los bolsillos, mirando la ciudad, no había dormido, la adrenalina de la noche anterior seguía corriendo por sus venas como gasolina.
La puerta se abrió y Adrián entró, traía los resultados de las prueas de ADN, caminó hasta el escritorio y dejó un sobre sellado con el logotipo del laboratorio genético.
Llegó hace diez minutos, señor.
León se giró lentamente, miró el sobre blanco como si contuviera ántrax.
¿Lo has leído? —preguntó.
No señor, es confidencial.
León caminó hacia el escritorio, tomó el abrecartas de plata y rasgó el papel con un movimiento seco y sacó el informe. Sus ojos fueron directamente a la última línea, al porcentaje resaltado en negrita.
PROBABILIDAD DE COINCIDENCIA GENÉTICA: 99.99% SUJETO A (COPA): VALERIA [APELLIDO DESCONOCIDO] SUJETO B (REFERENCIA): NURIA ALCÁZAR
León soltó el aire, no hubo gritos de victoria, solo una confirmación silenciosa y aterradora que se asentó en sus huesos.
Es ella —dijo León, con una voz tan baja que Adrián tuvo que inclinarse para oírlo—. Me ha mentido a la cara, ha fingido su muerte, ha enterrado a dos desconocidas para escapar de mí.
Arrugó el papel en su puño hasta hacerlo una bola compacta.
¿Qué hacemos, señor? —preguntó Adrián—. ¿La confrontamos? ¿Llamamos a los abogados?
—León tiró la bola de papel a la papelera—. Todavía no, quiero saberlo todo, si ha sido capaz de fingir su muerte, ¿de qué más es capaz? Quiero saber qué ha hecho estos cinco años, quiero saber quién es ese italiano realmente, ponle vigilancia 24 horas, quiero fotos, vídeos y quiero saber cada paso que da esa mentirosa.
Tres horas después
León intentaba concentrarse en los balances trimestrales, pero las letras bailaban ante sus ojos, solo veía la cara de Valeria en el comedor bebiendo de esa copa, mirándolo con esos ojos de hielo.
El intercomunicador sonó.
La imagen de la "familia feliz" en el balcón del hotel fue demasiado, fue el insulto final, la traición definitiva, no solo había huido, lo había reemplazado, había borrado a León de su historia y le había dado a otro hombre lo que León más deseaba: un hijo, una vida, un futuro.
León lanzó la tablet contra la pared, el dispositivo estalló en pedazos.
¡Maldita seas! —rugió, volcando su escritorio de una patada, los papeles volaron por toda la habitación—. ¡Maldita seas, Nuria!
Más tarde ese día, Valeria entró en el edificio con paso firme, llevaba un traje sastre gris perla y su maletín de trabajo, Matteo se había quedado en el hotel con Alex; ella había insistido en venir sola a revisar la oficina que León le había asignado, necesitaba demostrar independencia.
Caminó hacia los ascensores ejecutivos.
Su corazón latía rápido, sabía que estaba entrando en la boca del lobo, pero no imaginaba cuán hambriento estaba el lobo ese día, las puertas del ascensor se abrieron, estaba vacío, Valeria entró y pulsó el botón de la planta 50.
Justo cuando las puertas empezaban a cerrarse una mano grande enfundada en un traje caro, las detuvo, las puertas se volvieron a abrir y León entró.
Valeria contuvo el aliento, León se veía terrible, impecable en su vestimenta, sí, pero sus ojos… sus ojos eran pozos de locura, estaba pálido, tenso, irradiando una energía violenta que hizo que el aire del ascensor se volviera denso.

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