No contestes —suplicó Nuria, con el pánico volviendo a cerrarle la garganta—. Por favor, no le digas que estoy aquí, vendrá a buscarme y me arrastrará fuera de aquí.
León la miró, y en sus ojos vio esa oscuridad protectora que la había seducido en el bar.
¿Aún no lo entiendes, Nuria? —Deslizó el dedo por la pantalla para contestar y activó el altavoz—. Ya no tienes que esconderte.
¿Tío? —La voz de Gael llenó la oficina. Sonaba agitada, furiosa y arrogante—. ¡Por fin contestas! ¡Llevo horas intentando localizarte! ¡Tengo un desastre entre manos!
Nuria se tapó la boca con la mano para ahogar un sollozo al escuchar la voz de su verdugo, León mantuvo la calma, su tono era aburrido, casi perezoso.
Estoy ocupado, Gael, dirigir el imperio que te paga los vicios requiere tiempo. ¿Qué quieres?
¡Es esa estúpida de mi mujer! —gritó Gael. Nuria se encogió—. ¡Nuria se ha vuelto loca! ¡Se escapó anoche, me robó joyas y ha desaparecido! ¡Mi suegro está histérico y la prensa está empezando a hacer preguntas!
¿Ah, sí? —León miró a Nuria a los ojos mientras hablaba—. Tenía entendido que Nuria era una esposa dócil. ¿Qué hiciste para que huyera?
¡Nada! ¡Es una histérica! ¡Se imaginó cosas porque me vio hablando con Irene! —mintió Gael descaradamente—. Tío, necesito que uses tus contactos, tienes ojos en toda la ciudad, si la policía la encuentra, quiero que me la traigan antes de que hable con algún abogado, tengo que… "calmarla".
La amenaza implícita en "calmarla" hizo que a Nuria se le helara la sangre, León apretó la mandíbula, el juego se había acabado.
No hace falta que la policía la busque, sobrino.
¿Qué? ¿Por qué?
Porque sé dónde está.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Nuria sintió que el corazón le iba a estallar.
¿La has visto? —preguntó Gael, con un tono esperanzado—. ¡Genial! ¿Dónde está esa inútil? Mándame la ubicación y voy a recogerla ahora mismo, le voy a enseñar lo que pasa cuando…
No vas a recoger a nadie —interrumpió León. Su voz bajó una octava, volviéndose oscura y letal—. Ella está en mi oficina.
¡Es mi mujer! —aulló Gael al otro lado—. ¡No puedes hacer esto! ¡Voy a ir ahí y…!
Inténtalo —retó León—. Ven aquí, te estaré esperando y trae a tus abogados, porque Nuria acaba de contratar al bufete más caro de la ciudad, el mío.
León colgó la llamada con un golpe seco.
El silencio volvió a la oficina, pero ahora estaba cargado de electricidad estática. Nuria bajó la mano de su boca, estaba temblando, pero por primera vez en tres años, no era solo miedo, era asombro, alguien, un hombre más poderoso que Gael, se había interpuesto entre ella y el golpe.
León rodeó el escritorio y se agachó frente a su sillón, quedando a su altura, puso sus manos sobre las rodillas de ella, ignorando la suciedad del vestido.
Ya está hecho —dijo él—. La guerra ha empezado.
Va a venir —susurró Nuria—. Gael es orgulloso y va a venir a buscarme.
Que venga —León le acarició los muslos con los pulgares, un gesto posesivo que reclamaba lo que había debajo de la tela—. Esta es mi torre, Nuria y tú eres mi reina ahora, nadie entra aquí sin mi permiso.

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