El puño de un agente golpeó la puerta del baño con una violencia que hizo temblar el marco.
¡Señora Alcázar! —ladró una voz autoritaria desde el otro lado—. Sabemos que está ahí. Abra la puerta inmediatamente, tenemos una orden judicial de custodia temporal para el menor Alexander Alcázar.
Nuria sentada en el suelo frío de mármol, apretó a Alex contra su pecho, el niño sollozaba en silencio, con la cara enterrada en el cuello de su madre, sintiendo el terror que ella intentaba ocultar.
Mamá, ¿dónde está papá? —susurró Alex, con la voz rota—. ¿Por qué se lo han llevado los hombres malos?
Papá está… está en una misión, cariño —mintió Nuria, acariciándole el pelo con manos temblorosas—. Y nosotros tenemos que salir de aquí para ayudarle.
¡Abra o derribaremos la puerta! —insistió el agente. El sonido de la madera crujiendo advirtió que no estaban jugando.
Nuria miró a su alrededor con desesperación. No había ventanas en el baño y si abría esa puerta, se llevarían a Alex. Lo meterían en un sistema de acogida, solo, asustado, usado como peón para presionar a León.
«No. Sobre mi cadáver.»
Su mirada se posó en el amplio vestidor conectado al baño. Recordó algo de cuando se alojó en este mismo hotel años atrás con León, las suites presidenciales tenían una salida discreta para que el servicio de limpieza pudiera entrar y salir sin molestar a los huéspedes en el salón.
Se puso de pie de un salto, cargando a Alex en brazos a pesar de sus cinco años y sus veinte kilos.
Alex, escúchame bien —le susurró al oído, con una intensidad que hizo que el niño dejara de llorar—. Vamos a jugar al juego del silencio. Tienes que ser invisible. Como un ninja. ¿Puedes hacerlo por mí?
Alex asintió, secándose los mocos con la manga del pijama.
Nuria corrió hacia el fondo del vestidor, apartando abrigos de piel y trajes de diseño que colgaban en las perchas. Allí estaba, una puerta casi invisible, pintada del mismo color crema que la pared.
Giró el pomo, estaba abierto.
Aceleró, pegándose detrás de una furgoneta de catering que salía en ese momento. La barrera se levantó para la furgoneta y Nuria pasó rozando el parachoques, saliendo a la luz cegadora de la mañana de Andraka antes de que el guardia de seguridad pudiera reaccionar.
Solo cuando estuvo en la autopista, mezclada entre el tráfico de la hora punta, se permitió soltar el aire que había estado reteniendo.
Miró por el retrovisor. Alex estaba pálido, abrazado a sus rodillas, pero a salvo.
Lo siento, mi amor —susurró Nuria, mientras las lágrimas le nublaban la vista—. Lo siento tanto.
Pero no había tiempo para llorar, tenía que pensar, tenía que moverse. Vólkov había contraatacado desde la prisión, y lo había hecho con una fuerza devastadora. Habían convertido a León en el villano y a ella en la cómplice fugitiva.
Marcó el número de Adrián, el jefe de seguridad de León, con el manos libres.
¡Señora! —Adrián contestó al primer tono. Su voz sonaba agitada—. ¿Dónde está? La policía ha tomado el hotel, dicen que usted se ha fugado con el niño y han emitido una alerta de búsqueda.

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