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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 90

León sintió cómo Nuria se le escurría de las manos, se había puesto pálida de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz dentro de ella.

—Voy a llamar a un médico —dijo él, buscando el teléfono en la mesita a tientas.

—No. —Nuria le agarró la muñeca, tenía la piel fría—. No quiero más gente aquí, ya hay suficientes rusos armados en el jardín.

—Nuria, estás temblando. Has pasado por mucho estos días y tu cuerpo te está pasando factura.

Ella se sentó en el borde de la cama, respirando hondo para que el mundo dejara de dar vueltas, lo miró y León vio algo en sus ojos que no era miedo, era una mezcla de anticipación y risa nerviosa.

—No es estrés, León —susurró. Se llevó una mano al vientre—. Llevo días así, las náuseas por la mañana, el café que me huele fatal… Pensé que eran los nervios del juicio, pero mis cuentas no fallan.

León se quedó de piedra y por instinto bajó la vista a la mano de ella, luego a sus ojos. El silencio en la habitación cambió.

—¿Estás diciendo que…? —No se atrevió a terminar la frase.

—No nos hemos cuidado desde que nos reconciliamos —dijo ella, con una media sonrisa—. Y con todo el lío… creo que ha pasado.

León sintió un vuelco en el pecho, se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de su estómago.

—¿Un bebé? —preguntó, con la voz hecha un hilo.

—Creo que sí.

León apoyó la frente en las piernas de ella y soltó el aire que llevaba aguantando días. Después de la cárcel, de Vólkov y de tanta muerte, esto era… vida, felicidad y algo a lo que no podía ponerle nombre.

—Joder, Nuria… —Levantó la cabeza. Tenía los ojos brillantes—. Otro hijo.

—Tengo miedo —admitió ella, acariciándole el pelo—. Konstantin nos vigila desde la casa de al lado, Vólkov ha dejado un desastre. ¿Es buen momento para esto?

León se levantó y la abrazó con cuidado, como si se fuera a romper.

Konstantin se giró, impecable con su traje de tres piezas.

—Buenos días yerno, veo que se te han pegado las sábanas.

—Es mi casa, no puedes meter un hospital en mi salón sin pedir permiso. ¡Que se larguen!

—No es un hospital cualquiera —dijo Konstantin tranquilo—. He traído al jefe de obstetricia de Zúrich y he montado una sala de emergencias en la habitación de invitados.

León se quedó helado.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, bajando la voz—. Nuria me lo dijo anoche en nuestra habitación a solas.

Konstantin dio un paso adelante, su mirada era fría. —Soy el Arquitecto León, sé cuándo sube la marea antes de que llegue la ola y sé que mi hija lleva mi sangre en su vientre.

—Nos has estado espiando —acusó León, sintiendo que le hervía la sangre—. ¿Tienes micros en mi cama?

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