Nuria miró su taza con ganas de llorar, no había café solo un té de hierbas verde que olía a césped cortado, extendió la mano hacia la cafetera, pero una mano enguantada se la retiró suavemente antes de que pudiera tocarla.
—El doctor Hoffman ha sido claro, hija —dijo Konstantin desde la cabecera de la mesa, sin levantar la vista de su periódico—. Nada de cafeína porque altera el ritmo cardíaco del feto.
Nuria retiró la mano, frustrada.
—Papá es solo una taza, llevo tomando café toda mi vida.
—Y ahora llevas una vida dentro. —Konstantin pasó la página—. Bebe el té, es bueno para las náuseas.
León entró en el comedor abrochándose los gemelos de la camisa y vio la cara de amargura de su mujer y el té verde, vio a los dos guardias rusos apostados en la puerta del comedor como si fueran parte de la decoración, el ambiente en su propia casa era irrespirable.
—Buenos días —dijo León, dándole un beso en la cabeza a Nuria—. ¿Dónde está Alex?
—En su cuarto, llorando —respondió Nuria por lo bajo—. Quiere ir al colegio, echa de menos a sus amigos.
León se giró hacia su suegro.
—Konstantin, tenemos que hablar de esto. Alex no puede estar encerrado, tiene cinco cas seis años, necesita correr y ver a otros niños.
—El colegio es un riesgo de seguridad inaceptable —dijo Konstantin, doblando el periódico—. Es un blanco fácil, un secuestro en el patio de recreo y nos tienen cogidos por el cuello.
—¡Pondré seguridad! —saltó León—. Mis hombres pueden vigilar el perímetro del colegio.
—Tus hombres dejaron que te metieran en la cárcel, León. —Konstantin lo miró con esa calma que daba miedo—. Mis hombres lo mantendrán vivo, Alex estudiará en casa he contratado a tutores privados y empiezan mañana.
León apretó los dientes, quería gritar y echarlo, pero sabía que el viejo tenía razón en el fondo: la amenaza era real, lo que le jodía no era la seguridad, era la falta de voto.
—Voy a la oficina —dijo León, cogiendo una tostada—. Tengo una empresa que salvar antes de que las acciones se vayan al infierno.
—Bruno Vane te espera allí —dijo Konstantin—. He hecho que revisen tu despacho, han encontrado dos micrófonos antiguos probablemente de Vólkov, pero ya está limpio.
León se detuvo en la puerta.
—Gracias —dijo, seco—. Pero la próxima vez que quieras entrar en mi despacho, llámame antes.
En ese momento, la puerta se abrió y la secretaria de León entró con una caja mediana envuelta en papel de regalo plateado.
—Señor Armand —dijo ella, nerviosa—. Ha llegado esto por mensajería urgente, dice "Personal y Confidencial".
León frunció el ceño.
—¿Quién lo envía?
—No tiene remitente, solo una tarjeta que dice: "Para el nuevo comienzo".
León miró a Bruno, el abogado se acercó despacio.
—No lo abras —dijo Bruno.
León sacó una navaja del cajón (una vieja costumbre que había recuperado) y cortó el papel con cuidado, sin tocar la caja directamente y levantó la tapa con la punta de la navaja.
Era un móvil de cuna, un precioso móvil artesanal con figuritas de madera tallada: un león, una loba y dos cachorros, uno grande y uno muy pequeño. León sintió un frío en la espalda. Miró dentro de la caja y había una nota escrita a mano con tinta roja.

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