El sol se hundía en el mar tiñendo el cielo de naranja quemado, era el único momento del día en que los guardias de Konstantin se retiraban al perímetro exterior y dejaban a la pareja respirar.
León encontró a Nuria apoyada en la barandilla, mirando las olas con una mano en el vientre, llevaba un vestido sencillo de lino que se movía con la brisa, parecía tranquila, pero León conocía esa tensión en sus hombros, era la tensión de quien se sabe observada.
Se acercó por detrás y la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.
—¿Te escondes? —preguntó él.
—Intento recordar cómo sonaba esta casa antes de que se convirtiera en un cuartel general —dijo ella, apoyándose en él—. Mi padre ha traído a un sastre italiano esta tarde, quiere que elija telas para el vestido, ni siquiera me ha preguntado si quiero llevar blanco, marfil o rojo.
León la giró suavemente para que lo mirara.
—Olvida a tu padre un minuto, olvida la seguridad, los rusos y la fecha en el calendario.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. No sacó el anillo azul de compromiso que ella ya llevaba, sacó una caja de terciopelo negro, pequeña y pesada.
Nuria arqueó una ceja.
—León, ya tengo un anillo, me lo diste hace cinco años.
—Ese anillo era una promesa de futuro —dijo León, abriendo la caja—. Este es para la mujer que sobrevivió al infierno y volvió a por mí.
Nuria contuvo el aliento, no era un diamante azul, era un diamante rosa, una piedra rara, ovalada, rodeada de pequeños brillantes blancos que parecían estrellas. Era una joya que gritaba poder, pero también delicadeza, una pieza única que valía más que la propia mansión.
—León… es demasiado.
—No es suficiente —corrigió él, sacó el anillo y tomó la mano izquierda de Nuria—. Tu padre ha puesto la fecha, ha puesto al juez y las flores, pero yo pongo el motivo.
León la miró a los ojos, con esa intensidad gris que siempre la desarmaba.
—No me caso contigo por los papeles, ni por el bebé y mucho menos para que Konstantin deje de dar la lata, me caso contigo porque no quiero pasar ni un solo día más sin que seas mi mujer ante la ley, ante Dios y ante cualquiera que se atreva a dudarlo.
Deslizó el anillo en su dedo, encajaba perfecto junto al otro, el pasado y el presente, juntos.
—Cásate conmigo —susurró León—. No el sábado por obligación, cásate conmigo cada día.
Nuria miró el diamante rosa que brillaba con los últimos rayos del sol. Luego miró a León y se le olvidó el miedo, solo existían ellos dos y sus hijos.
—Sí —dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Sí quiero y que se joda el mundo.
León la besó, fue un beso lento, profundo, de los que sellan pactos de sangre y por un momento, en esa terraza, fueron solo un hombre y una mujer enamorados y no los peones de una guerra mafiosa.
La burbuja romántica duró lo que tardaron en bajar las escaleras, en el despacho Konstantin estaba gritándole a alguien por teléfono en ruso mientras señalaba planos de la casa desplegados sobre el escritorio de León. León entró dejando a Nuria en el salón con Alex, cerró la puerta con un golpe seco que hizo que Konstantin colgara el teléfono.
El viejo se giró, apoyándose en su bastón.
—No se entra así, estaba coordinando la seguridad perimetral para la ceremonia.
—Me da igual la seguridad —dijo León, caminando hasta plantarse frente a él. León era alto, pero Konstantin tenía esa densidad gravitatoria de los hombres peligrosos y aun así, León no retrocedió—. Tenemos que aclarar una cosa antes de este sábado.
—La compré —dijo Konstantin—. He pagado el triple de su valor para que se largaran rápido.
Konstantin suspiro y relajo la postura.
—Mis hombres están terminando de instalar el sistema de seguridad. —Konstantin se giró—. Después de la boda me mudaré allí, estaré a cincuenta metros lo suficientemente cerca para que mis francotiradores cubran vuestro jardín, pero lo suficientemente lejos para que no tengas que verme la cara en el desayuno.
León sintió que se le aflojaba un nudo en el estómago.
—¿Te vas a ir?
—Me voy a mi casa, pero no me voy de sus vidas. —Konstantin se acercó y le puso una mano pesada en el hombro—. Me perdí treinta años de Nuria, me perdí verla crecer, no me voy a perder a mis nietos, voy a venir a cenar, voy a llevar a Alex a pescar y voy a malcriar a ese bebé que viene en camino.
—Eso suena a… abuelo —dijo León, relajándose un poco.
—Es lo que soy ahora, un abuelo con un ejército privado. —Konstantin sonrió levemente—. Es lo mejor que vas a conseguir yerno, tómalo o déjalo.
León le tendió la mano.
—Trato hecho, te mudas el domingo.
—El domingo —aceptó Konstantin, estrechando la mano con fuerza—. Pero hasta entonces, la seguridad de la boda la dirijo yo. —Las ratas salen cuando huelen queso y una boda es mucho queso. —Konstantin volvió a sus planos—. Vete con tu mujer, disfruta de la calma porque el sábado va a ser un día largo.
León salió del despacho, había ganado una batalla: su intimidad.

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