El hombre separó ligeramente los labios y habló con un tono pausado y tranquilo.
—Te creo.
—¡Busque las grabaciones de seguridad! —exigió Iris a la gerente.
La gerente tragó saliva; no podía darse el lujo de ofender a Iris, pero mucho menos a Fabián Salazar. Él era el líder indiscutible de la élite más exclusiva de Puerto Azul; con solo chasquear los dedos, toda la ciudad temblaba.
Al ver que Fabián se inclinaba a favor de Bárbara, la gerente se quedó paralizada.
Al escuchar eso, Bárbara comenzó a llorar haciéndose la víctima.
—Iris, te juro que yo no hice nada.
—¿Cómo puedes dudar así de mí?
—Soy tu hermana, ¿acaso crees que te haría daño?
¿Su hermana? ¡Vaya cinismo el suyo para atreverse a decir eso!
—Si no hiciste nada, ¿entonces a qué le temes? —replicó Iris con una sonrisa cargada de desprecio—. ¿O será que tienes miedo de que salga a la luz la verdad?
—Yo... —El rostro de Bárbara perdió todo su color. Justo cuando no supo qué decir, Fabián tomó su mano con delicadeza para calmarla.
Tras asegurarse de que Bárbara estuviera tranquila, él volvió a mirar a Iris. La suavidad en sus ojos había desaparecido, siendo reemplazada por una frialdad cortante. Se dirigió a su asistente, Camilo.
—Ve a revisar las cámaras.
Camilo asintió con absoluto respeto y le pidió a la gerente que le mostrara el camino.
Unos minutos después, Camilo regresó.
—Señor Salazar, la gerente dice que todos los miércoles por la tarde el sistema de cámaras entra en mantenimiento, así que no hay nada grabado.
—¿Cómo es eso posible? —susurró Iris, palideciendo. De inmediato, escuchó la voz llena de impaciencia de Fabián.
—¿Ya estás satisfecha?
Su tono sonaba a reproche, como si la acusara de armar un escándalo por nada.
Sin esperar su respuesta, se dio la vuelta llevándose a Bárbara consigo. Su voz se volvió tan suave que parecía el susurro de un amante.
—¿Cómo terminaste metida en esto de atrapar infieles?
—Parece que tienes demasiado tiempo libre. Tendré que buscarte algo en qué ocuparte.
—Fabián... —ronroneó Bárbara, pegándose coquetamente a su brazo.
Al ver esa escena, Iris alzó la voz.
—Yo nunca dije que estaba en ese probador en particular. Solo dije que iba a llamar a la policía, y ella sola empezó a justificarse.
—Si no estaba planeado, ¿cómo sabía exactamente en qué probador estaba yo?
Ambos detuvieron su andar. Bárbara miró a Fabián presa del pánico y se mordió el labio tratando de excusarse.

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